Publicado por DV & archivado en Burgos, Gamonal, Relato.

Bueno, vale, te lo voy a contar. Pero no sé lo digas a nadie, ¿de acuerdo?. Es top secret. Sí que conozco a los padres de Yonko; solía hablarme de que los quería, pero sobre todo hablaba de cuánto los temía…Un relato de Víctor Atobas autor de La trampa de Tánatos y El deseo y la ciudad. La revuelta de Gamonal.

Bueno, vale, te lo voy a contar. Pero no sé lo digas a nadie, ¿de acuerdo?. Es top secret. Sí que conozco a los padres de Yonko; solía hablarme de que los quería, pero sobre todo hablaba de cuánto los temía, de que andaban siempre tratando de convencerlo de que no servía ni para sujetar una simple bombilla, de que no era maduro a nivel intelectual ni emocional, de que no podía ser una persona diferente a ellos – sus propios padres–; debía adaptarse y aceptar un empleo de repartidor en Burgos, y si no acababa en el hospital por un accidente, tal vez pudiera dedicar unos breves momentos a aquello que le gustaba de verdad. Lo más importante era que se adaptara, lo más importante era la familia: el sacrificio. Puedes estar seguro de que a Yonko le cabreó bastante descubrir, en un documental de la televisión sobre los años 50, que ese sacrificio por la familia era un imperativo franquista. Por mi parte, sin embargo, me molestaba que no entendiera que yo no tuviera los mismos problemas con mis padres, de quienes me había independizado hacía muchos años.

Planta del gamón (Asfódelo blanco)

– Carlos, escucha; siempre tratan de convencerme de que me va mal – me había dicho una tarde–, pero es eso lo que ellos desean de forma inconsciente; que sea desgraciado y que así puedan aparecer como supuestos salvadores, que querían mi bien y que por eso se dedicaban a tenderme trampa tras trampa. Como las putas pinzas de un cangrejo, tío, ¿cómo te lo explico? A ver… imagina que estoy pasando por un momento de debilidad, de bajón, por el motivo que sea, entonces llega mi madre y ¡PUM!, empieza a hablarme como si fuera una jodida mascota, con ese tono ultra agudo y ultra impostado que se suele utilizar para hablar a los perros: ya sabes. Pero si me enfado entonces es peor, mucho peor, porque la culpa…

¿Era él una persona inmadura a todos los niveles? Lo cierto es que no había leído ni muchos menos escrito un libro en su vida – aunque ese comentario del cangrejo me recordó al concepto freudiano de double bind–, y a nivel emocional no había tenido la estabilidad necesaria como para cuidar un noviazgo hermoso y prolongado en el tiempo, así que no sé si sus padres estaban en lo cierto, sólo sé que conseguían emborricarlo y que se ponía muy pesado hablando de la autoridad. A veces me escribía mensajes al WhatsApp, insistiendo en que necesitaba salir de casa; debía contarme algo importante, lo que me hacía intuir que el tema tenía que ver con su familia: eso me echaba para atrás.
Si le digo Yonko es porque, cuando le conocí, estaba más drogado que otra cosa. Pero está claro que no se llama así; su nombres es Atobas, aunque muy pocos se refieren a él de esa forma. En distintos ambientes se le conoce como Pirulo – le llaman así las viejas conocidas–, Cheese – los compañeros de estudios–, Borriquillo – los detractores–, o Víctor – los familiares–, con que, ¿en fin?, qué puede decirse de un tipo que carece de un nombre correctamente estabilizado y que no sabe dónde nació. Quizás sus padres tengan razón y no sea una persona madura a nivel intelectual. Proviene de la ciudad de los burros, de la urbe de los emborricaos y los adictos a la flor de los gamones. De hecho, él suele presumir de que es de Gamonal –que llama «barrio glorioso»–, aunque sé que es una cochina mentira y que en realidad nació en la zona sur de la ciudad. Espero que entiendan que no me preocupa que me mienta, sino que piense realmente que nació allí; lo dice con tal convicción, el borrico, que uno no sabe qué pensar.

Aquella noche habíamos ido a beber al Castillo – ¿quizás no teníamos pasta para ir al SanFran?–. Sabíamos que los locales a veces emboscaban a jóvenes como nosotros, saliendo de los arbustos en plan perro, pero por el momento no había rastro de los salchichas. Hacía bastante calor. Yonko se puso a bromear con que fuéramos nosotros quienes emboscáramos a los locales, y se puso a hablar de la guerrilla colombiana de los elenos mientras escribía con el móvil. Yo dejé de prestar atención, porque se ponía muy pesado con la política venga a dar la turra. Pero, al poco, saqué una birrita y aproveché para orientar la conversación hacia un tema más interesante: las chicas. Yo le hablé de mis amores, y luego él comentó que andaba «todo enfermo» porque no había conseguido quedar con la chica por la que bebía los vientos por aquel entonces, Esperanza creo que dijo, a quien consideró «el futuro del movimiento en esta ciudad», además de una «mujer misteriosa» con ciertos atributos corporales – que refirió sin ninguna sutileza–.

– No me mires así, Carlos. Como empieces otra vez con ese rollo del feminismo, me largo – miró al cielo, y a continuación dijo–: aunque no te lo creas, sé que ella y yo estamos destinados a estar juntos – agachó la cabeza con un movimiento rápido, sacó el móvil y se puso a escribir–.
– ¿Y si de pronto aparecen los locales?
– Tranqui, tío: relax.
– ¿A quién escribes?
– ¿Tú qué crees?
– Si no dejas de acosar a esa tía, va a acabar pasando de ti.
– Es el destino, amigo…

Al rato, habiendo enviado seis o siente mensajes larguísimos y viendo que Esperanza no contestaba a ninguno, se puso a llamarla una y otra y otra vez. Como habrás adivinado, ella no respondió a los mensajes ni a las llamadas. Por mi parte, empecé a sospechar que Yonko se había kolokado antes de quedar conmigo y que no iba a atender a razones, pues estaba más borrico de lo habitual, lo cual ya es decir… en fin, a veces uno no puede hacer nada por ayudar a sus amigos….
Cuando ya era evidente que ella no quería verlo aquella noche, no pudo soportarlo más y sacó la droga. Por supuesto, Yonko sabía que yo no me metía – ni me meto– esa mierda tóxica en los pulmones, pero aun así volvió a ofrecerme; hice acopio de la poca paciencia que me quedaba para rechazar aquellas flores de los gamones que había sacado de la bolsa – que previamente había escondido en el calcetín derecho, antes de salir de casa seguramente ya kolokado–. Me fijé en que, en lugar de utilizar el grinder, trituró las resecas flores de los gamones con los dedos y los mezcló con unas briznas de tabaco, para después depositar la mezcla sobre el papel, colocar el cartón retorcido en espiral, y liar el florporro.

– No deberías fumar eso, tío, te está jodiendo por dentro.
– Lo que me destroza es no poder estar a solas con Esperanza, aunque fuera un jodido momento, ¿qué he hecho mal? Le he abierto mi corazón, pero no me responde… – dijo, encendiendo el florporro–.
– Bueno, supongo que no es la única tía que te mola….
– Sí que es la única – dijo mirándome con fijeza–.
– Pero qué dices, tío – intenté reprimir la risa–, si también andas detrás de Kasandra. ¿Por qué no intentas quedar con ella?
– Es distinto, joder, no me gusta de la misma manera, ¿es que no ves la diferencia?
– La verdad es que no – no pude evitar poner una sonrisa de zorro–. Aprovecha que la noche es joven y escribe a Kasandra, porque luego quedaré con una amiga y nos iremos y tú…
– Yo sí veo la jodida diferencia, maldita sea; Esperanza me gusta de verdad, ¿sabes a lo que me refiero? No es sólo una cuestión física. Creo que quizás ella tuvo problemas con la autoridad de la familia, y que tal vez eso logre que me entienda de verdad… es eso lo que he estado preguntándola. El caso es que no ha respondido aún – y acto seguido, arqueó las cejas–.
– Te juro que no te voy a dar la chapa con el feminismo y todo eso, pero creo que deberías dejarla tranquila un tiempo, en vez de…

– No voy a parar hasta que estemos juntos, te lo juro, tío – al decir esto, dio otra calada y se quedó mirando el cielo–… te juro que ella y yo no nos detendremos hasta echar abajo esta ciudad de caciques y mayordomos, y construir una ciudad nueva donde todos seremos libres e iguales.
– ¿Y lo vais a hacer vosotros dos solos?
– No, lo haremos con todos los compañeros del barrio.
– ¿A qué barrio te refieres?
– A mi barrio; a Gamonal…
Puuff… otra vez la historia de que nació en Gamonal.
Cuando volví a prestar atención, Yonko estaba hablando otra vez de Esperanza, emborricao con que su destino era estar con ella.
– Ella es mi Utopía.
No supe qué responder.
– Te juro que sé que ella puede entenderme. Esperanza sabe perfectamente lo que es la autoridad; sin embargo, Kasandra no tiene ni idea, igual que tú… necesito a alguien que me quiera por como soy, que no trate de cambiarme; tú eres distinto, Carlos, vas de flor en flor y eso está bien un tiempo, pero no es para mí. No quiero que vuelvas a insistir con que quede con Kansadra, ¿entiendes? Voy a encontrar a alguien que me quiera, y si no es Esperanza porque tal vez tengas razón y no tenga los mismos problemas con la autoridad que yo y no quiera saber nada de mí… – la voz se le quebró al decir esto último. En vez de seguir hablando, se limitó a mirar al suelo mientras fumaba y formaba anillos con el azulado humo de las flores de los gamones–
Al poco tosió y continuó hablando:
– Como te decía, creo que nuestro destino es estar juntos, pero si me equivoco y Esperanza se aleja de mí a causa de esos errores, no me rendiré. Encontraré a alguien que me llame por mi nombre; encontraré a alguien que me quiera.

Víctor Atobas

“A. x E.” o la adicción a las flores de los gamones by Víctor Atobas is licensed under a Creative Commons Reconocimiento–NoComercial 4.0 Internacional License.

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