Publicado por DV & archivado en Bulevar, Burgos, Gamonal, Lucha, Textos.

Quizás no seamos del todo conscientes de que, gracias a las ocupaciones de la Plaza Mayor durante 2011 y de la “Zona Cero” y el CSR durante 2014, trajimos el urbanismo y la arquitectura del futuro hasta el presente. Lo que pretendemos en este artículo es precisamente exponer que la perspectiva esperanzadora o utópica del anterior texto es factible. Un nuevo artículo de Víctor Atobas sobre el bulevar y la especulación en Gamonal.

El urbanismo colectivo, planificado por todos sin mediación de representantes, resulta de interés en tanto que proporciona un marco esperanzador en el que conseguimos huir de la idea de que no podemos decidir cómo será en el futuro nuestra relación con el barrio, la ciudad y el medio ambiente.

El reto que la historia nos vuelve a plantear podría entenderse, en un sentido concreto, como la necesidad de enterrar de una vez por todas el proyecto especulativo del bulevar. Por otra parte, en un sentido más general, el objetivo podría concebirse como que el urbanismo y la arquitectura dejaran de estar supeditadas a los flujos del capital – en numerosas ocasiones provenientes de fondos buitre, pero también de diversas industrias–, así como de las necesidades de las empresas; resumiendo, que ambas disciplinas dejaran de entregarse a las élites económicas y sus representantes políticos, para de esta manera acabar con el urbanismo capitalista que destruye el medio ambiente y que especialmente funciona para reproducir las desigualdades sociales en espacios pensados desde la lógica del control y el consumismo. Pero, como hemos dicho a propósito de las movilizaciones sociales, el urbanismo y la arquitectura colectiva se deciden en las calles, desde abajo, por así decir. Una perspectiva esperanzadora podría concebir que el reto que se nos plantea, parar el bulevar, contiene en sí una potencialidad mucho más grande; reinventar el barrio bajando los planes de ordenación urbanísticas a las calles, para así empezar a planificar desde cero como serán Gamonal y Burgos en el futuro. Eso supondría la destrucción del urbanismo capitalista, pues seguramente los vecinos planificaríamos a partir de nuestras necesidades cotidianas y no de las del mercado. ¿Queremos que en 2050 Gamonal sea una suerte de segundo centro de la ciudad, donde los vecinos hayan sido expulsados por la especulación, tal y como ocurrió en algunas zonas del centro histórico? ¿Vamos a permitir que los mayordomos de las élites sigan decidiendo por nosotros, en un espacio que nos afecta en el día a día?

Asamblea de vecinos en Gamonal/ Elcorreodeburgos.com

Lo que está en juego en la propuesta del urbanismo colectivo consiste en que, planificando el futuro del barrio y de la ciudad, transformamos nuestras vidas. Es decir, la modificación de nuestras relaciones con el espacio, desde esta perspectiva, supone la creación de un nuevo orden psicológico; lo que podemos recordar indicando la manera en que nos relacionábamos en los espacios ocupados en las protestas de 2011 y 2014. La competitividad, la envidia y las pequeñas miserias, habían quedado atrás; entonces sentimos, más intensamente que nunca, que formábamos parte de un colectivo que partía de lo común reconociendo también las diferencias. Sin embargo, con el paso del tiempo, la esperanza y la lucha se fueron debilitando poco a poco. Aunque algunos de esos espacios siguieron resistiendo.

Ahora parece que las élites piensan que es un buen momento para especular e imponer sus planes. Hace escasos días el Diario de Burgos sugería que el alcalde Daniel de la Rosa (PSOE) y su equipo se encontrarían sopesando la posibilidad de convocar una suerte de consulta sobre el bulevar. En este sentido, podríamos deducir que tratarían de manipularnos mediante el control del marco de decisión en primer término. En la hipotética consulta podríamos elegir el proyecto A, B, o C, pero no podríamos votar porque no se construyera el bulevar, o, lo que es incluso más importante, y a esto voy, no podríamos proponer una infraestructura que fuera realmente necesaria porque no nos los permitirían – es en este punto que la introducción de la perspectiva esperanzadora pero factible del urbanismo y la arquitecturas colectivas realiza su aportación; no sólo podemos decidir sobre si una intervención en concreto se realiza o no, sino decidir y planificar nuestra relación con todos los espacios–. En segundo término, yendo a la crítica más concreta, se me ocurre que la manipulación del ayuntamiento y del Diario de Burgos, aparte de mentir asegurando que los comerciantes de esa zona de la calle Vitoria tienen miedo de hablar, quizás consistiera en limitar la recepción de la consulta de modo que muy pocos vecinos acabarán votando. Por tanto, si esto ocurriera, nosotros podríamos responder masivamente, con la razón y el peso de los argumentos, que esa consulta sería sin duda ilegítima y que no nos permitiría decidir realmente nuestra relación con el espacio. Recurriríamos a la movilización – recordemos que el movimiento de Gamonal es un referente en toda España en este sentido–, negando la manipulación y el control, mezclando los dos polos del asunto; el negativo (la crítica), y el positivo de la esperanza. Todo lo que llevamos diciendo hasta ahora ya lo hicimos en 2014, de manera que no se saldrán con la suya a la hora de intentar convencernos de que no hay alternativa.

Manifestación en Gamonal/ elperiodico.com

La punto de ruptura se encuentra en la idea de que es posible, además de parar el bulevar y la especulación en el barrio, que llegáramos a aplicar el urbanismo colectivo a mayor escala, a una escala tal que no hubiera un sólo espacio sobre el que no pudiéramos decidir. ¿Pero en qué consiste realmente ese nuevo urbanismo? En primer lugar debe tenerse en cuenta que sólo nosotros – los vecinos– podemos decidirlo, pero creo que hay algunos aspectos que cabe mencionar. Los principios generales consisten en que el urbanismo colectivo trata de acabar con las desigualdades sociales en la ciudad partiendo de las necesidades cotidianas de los vecinos, sin supeditarse a los flujos de capital ni a las necesidades de las empresas o los comercios, y que por tanto supone una forma diferente de relacionarnos con el espacio.

El urbanismo colectivo se suele basar en la construcción de espacios, pero especialmente en su modificación; es decir, no recurre tanto al ladrillo como a la manipulación de la infraestructura para descubrir mezclas y nuevos usos, lograr diversificaciones y redistribuciones. En este sentido podríamos mencionar el ejemplo del CSR, que emergió manipulando la infraestructura de un espacio abandonado de manera que pudiera acoger actividades tan diversas como comidas colectivas, debates políticos, danzas castellanas, preparación de publicaciones y cursos teóricos, reuniones de grupos de alimentación o proyecciones de documentales; lo más reseñable es que el espacio está abierto a que cualquier vecino pueda proponer nuevos usos. Se puede ver, escuchar, palpar, comer, aprender y debatir en colectivo, en una suerte de acercamiento al otro, que acaba dejando de ser un desconocido; se trata del nuevo orden psicológico del que hablábamos anteriormente, el mismo que experimentamos en la “Zona Cero” de 2014 cuando se ocupaban casetas, se erigían improvisados campamentos y cualquier podía proponer utilizar el espacio para nuevos usos – de hecho, estimado vecino, recordará a las alumnas de instituto que fueron a apoyar la protesta y se pusieron a jugar, las ancianas que nos acercaban sopas calientes, los jóvenes tratando de armar los altavoces–.
Otra característica general y provisional del urbanismo colectivo consiste en que este no se encuentra basado en el control – por tanto desaparecen las cámaras, al igual que se erradica el orden simbólico producido para las élites– y por tanto acepta el hecho de que pudiera brotar un episodio de violencia esporádica, es decir, es un concepción que no nos convierte en cosas a controlar. No pretende llegar a una configuración estable del espacio creado o modificado, no tiene límites o fronteras; no se pide que se pague por entrar y tampoco se incita a consumir, no es condicional sino que todos los vecinos se encuentran aceptados previamente como iguales.
Por tanto, la “Zona Cero” y el CSR suponen dos ejemplos de las aplicaciones efectivas del urbanismo y la arquitectura colectivas, que ahora ponemos en valor reivindicando que no sólo tenemos el poder para parar el bulevar de la especulación mediante la lucha, sino, también, de planificar cómo serán Gamonal y Burgos en 2050. Por un nuevo comienzo de nuestra relación con el barrio y la ciudad, luchemos y no dejemos de albergar esperanzas.

Víctor Atobas

* Víctor Atobas es escritor. Entre otros libros, es autor de Autoridad y culpa (Piedra Papel Libros, 2017), y El deseo y la ciudad. La revuelta de Gamonal (Zoozobra, 2018).

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