Publicado por DV & archivado en Bulevar, Burgos, Gamonal, Historia, Pensamiento, Textos.

Si amas a tus vecinos y quieres que tu presente individual se entrelace con el presente colectivo del barrio de Gamonal, y sentir que tus ritmos no los marcan el espectáculo ni las compras, sino la lucha del pueblo; entonces nos veremos en las calles. ¡Todo el poder para el pueblo! ¡No al bulevar y sí al urbanismo colectivo! Un artículo de Víctor Atobas.

Resulta de especial interés que hagamos memoria, pues la función del espectáculo consiste en que olvidemos la historia. A diario nos bombardean con imágenes y mensajes que fluyen de manera perpetua en los medios de comunicación y las redes sociales. Se trata de una suerte de presente absoluto, en el que es imposible dirigir la mirada hacia el futuro, pues estamos pendientes de una actualidad siempre renovada que nos dificulta mucho que podamos construir nuestros proyectos partiendo de nuestra pertenencia a lo colectivo; se trata de la temporalidad del individuo, un presente anónimo en el que los ritmos los marcan el consumismo y la economía financiera, los índices de valores, las primas de riesgo, las modas o las próximas compras ya anticipadas. En este sentido, cabe señalar que los vecinos del antiguo pueblo de Gamonal experimentaban el tiempo de una manera diferente a la nuestra, en el sentido de que perduraban los ritmos que imprimían la naturaleza y el trabajo en el campo, mientras que hoy en día esos ritmos naturales acaban siendo traducidos a los ritmos individuales del consumo y el espectáculo; la moda de primavera, verano, otoño, invierno.

Protestas vecinales en Gamonal enero 2014 / Diario de Córdoba

Por eso debemos recordar el momento en que el presente individual y anónimo, habitualmente colonizado por la lógica del espectáculo, se introdujo en el tiempo colectivo. Tras largos meses de protestas pacíficas y masivas, los representantes en el ayuntamiento de El Jefe y demás oligarcas se habían negado a paralizar las obras del bulevar, y habían ordenado a los agentes que reprimieran a los vecinos.

Recuerdo que en aquella ocasión había ido hasta el barrio con un amigo. Era una noche fría y neblinosa. Sólo afinando la mirada y gracias a la luminosidad de las farolas, habíamos podido distinguir a aquellos hombres uniformados con corazas y escudos que parecían sacados de La guerra de las galaxias, quienes de pronto dispararon unos botes y se pusieron a correr hacia nosotros. Permanecimos paralizados durante unos breves instantes, mientras el ambiente se espesaba con el humo de los botes. Las sirenas aullaban y daban coletazos de azul en los escaparates circundantes. Fue entonces cuando sentí algo en el pecho, que resulta casi imposible de describir, algo así como un soplo cálido que se me arremolinaba en el pecho y que me revolvía todo el cuerpo; vi cómo los vecinos respondían en grupo, y antes de que me diera cuenta yo también estaba respondiendo, al igual que tú. Embargados por el torrente que arrastraba la ponzoña del miedo, corrimos y en seguida nos desviamos hacia una callejuela, siguiendo el consejo de un vecino que nos gritaba desde la terraza.

Barricadas en la calle Vitoria / Atlántica XXI

Más tarde fuimos a El Kubo, que se encontraba decorado a la manera de una isla caribeña, utópica, donde los parroquianos charlaban sorprendidos sobre lo que estaba sucediendo. Fue entonces, días antes de que el alcalde Javier Lacalle anunciara la paralización de la intervención especulativa en el bulevar, cuando comprendimos que no íbamos a cejar en nuestro empeño de realizar lo que ya se encontraba desarrollándose; el barrio triunfaría más allá de que llegáramos a recibir unos cuantos palos. Esto último había dejado de importar, porque sentíamos que la decisión de rebelarnos no la habíamos tomado cada uno a nivel personal, sino que el acontecimiento de la irrupción de lo colectivo – del pueblo- nos había puesto en la dirección de la revuelta, nos había decidido a nosotros. Experimentar el presente de una forma diferente, entrelazado al destino de un barrio en lucha; percibir el futuro abierto como grandes alamedas; todo esto se asemejaba a una sensación de agitación amorosa.

 

Ni tú ni yo podíamos parar quietos en esos esos asientos bajos y acolchados de El Kubo. Recordábamos las luchas en Eladio Perlado durante 2005 – uno de nuestros amigos comunes, de pelo entrecano y ojos azules, había participado-. Situados en lo más alto de nuestro entusiasmo, pensábamos en maneras de avanzar todos juntos, no simplemente para detener la intervención especulativa del bulevar, sino para expandir la revuelta por todo Burgos; la revuelta, esa hija pequeña de la revolución. Había llegado nuestro momento, el momento del pueblo. Aquella noche – y otras que vinieron después- nos sentimos capaces de todo, de llegar a reproducir la asamblea de la “Zona Cero” en el resto de barrios de Burgos para así tomar el poder sobre todas las decisiones que afectaran al espacio, a los servicios públicos, a la erradicación de las desigualdades; una consigna acudió a nuestras mentes, aunque no sé si primero la pronunciaste tú: ¡Todo el poder para las asambleas vecinales! Estaba ahí. Lo vimos y nos levantamos de los asientos; vimos el futuro realizándose ante nuestros ojos, eso que había estado desarrollándose como una semilla aún sin germinar, eso que se estaba realizando era el poder del pueblo, y nosotros sólo debíamos pensar la manera de extender la revuelta hasta que creciera y madurara en la revolución. Lograríamos parar el bulevar y después iríamos más lejos, porque sólo nos plantábamos llevar a su realización algo que ya estaba produciéndose, la irrupción del pueblo. Porque en ese momento no teníamos miedo; nuestra relación con la ciudad – que en mi caso había comenzado en una corta edad, cuando la empresa Arranz Acinas causó la muerte de un familiar por pretender ahorrarse algo de dinero en la seguridad de una obra-, esa relación con la ciudad podía recomenzar de nuevo.

Fue entonces cuando percibimos de una forma diferente el tiempo, de una forma revolucionaria, dado que el presente ya no aparecía como un flujo inconexo de imágenes, mensajes, cálculos, compras o inversiones futuras, sino que nuestra existencia se había vinculado a la lucha de todo un barrio – y potencialmente de toda la ciudad-, de manera que nuestro presente lo percibíamos entrelazado a las luchas pasadas, que habíamos conocido gracias a nuestro amigo, así como a las batallas futuras que ya anticipábamos. Esa es una manera revolucionaria de percibir el presente, como inserto en el tiempo colectivo.

Conflicto de Gamonal / El confidencial digital

Aquella misma noche acordamos que apenas tendríamos tiempo de regresar a casa y dormir unas pocas horas, pues debíamos levantarnos para acudir a los piquetes de las seis de la madrugada. No pude pegar ojo porque seguía sintiendo el soplo cálido en el pecho, que me revolvía todo el cuerpo. Y es que el punto en el que se produce la identidad entre el tiempo individual y colectivo es algo inolvidable que muchos vivimos, pero, también, es algo que debemos volver a repetir ahora que la historia nos vuelve a plantear el reto de parar el bulevar, y de hacerlo para ir más allá.

 

Lo que vivimos quienes estuvimos en la lucha de 2014, querido vecino, estarás de acuerdo conmigo, fue algo que marcó un antes y después en nuestra memoria no sólo personal sino colectiva. Recordarás a las ancianas que, habiendo dicho ya basta de ver la televisión, habían ido a la “Zona Cero” a traernos sopas y hacer chocolates sentadas en los bancos; tu memoria no se olvidará tampoco de los vecinos que habían salido a las terrazas para avisarnos de que la dirección que habían tomado los agentes, ayudándonos de la manera que podían; a los camareros de bares que habían dejado de servir cañas para hacer sitio para los vecinos que necesitábamos guarecernos; a los estudiantes de instituto, que habían interrumpido su presente para hacer huelga y apoyar las protestas. Precisamente ese momento en que el tiempo individual y el colectivo se entrelazan constituye la temporalidad revolucionaria, que podemos volver a experimentar si no permitimos que los oligarcas y sus representantes se salgan con la suya e impongan el proyecto especulativo del bulevar. Si amas a tus vecinos y quieres que tu presente individual se entrelace con el presente colectivo del barrio de Gamonal, y sentir que tus ritmos no los marcan el espectáculo ni las compras, sino la lucha del pueblo; entonces nos veremos en las calles. ¡Todo el poder para el pueblo! ¡No al bulevar y sí al urbanismo colectivo!

 

Víctor Atobas

* Víctor Atobas es escritor. Entre otros libros, es autor de Autoridad y culpa (Piedra Papel Libros, 2017), y El deseo y la ciudad. La revuelta de Gamonal (Zoozobra, 2018).

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