Publicado por DV & archivado en Historia, Radio.

2259-1No he podido evitar la tentación de redactar un artí­culo sobre la figura de Melchor Rodrí­guez tal dí­a como hoy que desde Radio Onda expansiva publican una entrevista con Alfonso Domingo autor del libro El ángel rojo. La historia de Melchor Rodrí­guez. Un programa apasionante como pocos donde nos adentran en  la trayectoria vital de un anarquista que fue encarcelado casi una treintena de veces por la república y terminó por convertirse en Delegado Especial de Prisiones por Madrid durante la Guerra Civil.  Es la historia de Melchor Rodrí­guez, el ángel rojo, humanista y profundamente libertario que hasta de mago tení­a el nombre.

Ahora que desde determinados sectores periodí­sticos tanto se habla de las checas y la represión en el bando republicano coincidiendo con la petición de cientos y cientos de personas que solo tienen la pretensión de conocer el paradero de los restos de sus familiares, figuras como las de el anarquista Melchor Rodrí­guez brillan con luz propia.

Figuras como las de este andaluz vanidoso que miró en más de una ocasión de cara a la muerte, en situaciones mucho más peligrosas que la de sus iniciales andanzas en el mundo del toreo, nos dejan un claro mensaje. Aún en los periodos más sombrí­os siempre hay lugar para la esperanza. No en vano Melchor defendió toda su vida unas ideas, las libertarias, que hizo que  relucieran como el último asidero cuando todo estaba perdido y la muerte campaba a sus anchas.

Un hombre con sus luces y sus sombras, con una de las actuaciones más controvertidas durante la Guerra Civil Española que comenzó siendo novillero y que se fogueó como anarquista en las luchas sociales del periodo de la monarquí­a de Alfonso XIII para ser una de las figuras principales de la CNT y de la FAI madrileña de los años 30. Ese es Melchor Rodrí­guez, sirva este breve artí­culo para glosar la apasionante trayectoria vital de un hombre perseguido por todos los regí­menes que llegó a convertirse en “el Decano” de las prisiones por sus múltiples entradas y salidas, muchas de ellas ocasionadas por delitos de imprenta durante el periodo republicano.

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Nuestra historia está llena de contradicciones, y en la historia de nuestra guerra civil las contradicciones abundan sobremanera: Ministros de Justicia anarquistas, delegados de prisiones de profundas ideas libertarias, albañiles anti-militaritas que terminan por dirigir granas unidades del Ejército Republicano. La guerra los cambió a todos y al final del conflicto ni ellos mismos se reconocí­an. Es sin duda el periodo de colaboración gubernamental de una parte del anarquismo ibérico donde más palpable podemos ver estas contradicciones. Un periodo que necesita una profunda crí­tica para sacar a la luz las contradicciones de unos hombres y mujeres que lucharon toda su vida  en contra de la esencia misma del Estado y que finalmente terminaron por integrarse en él mismo reforzándolo inevitablemente. Sirva de referencia los varios libros que Miquel Amorós ha publicado al respecto de los que La revolución traicionada y José Pellicer, el anarquista integro son referencias obligadas.

De todas aquellas figuras la que mayores sentimientos encontrados me causa es la de Melchor Rodrí­guez. Bregado en las cárceles a causa de su militancia anarquista y posterior Delegado Especial de Prisiones por Madrid a partir del invierno de 1936. Un cargo al que fue aupado por Juan Garcí­a Oliver, otro intimo conocedor de las prisiones, y en concreto de la de Burgos, en la que estuvo internado en un par de ocasiones, que por aquel entonces era Ministro de Justicia del gobierno de Largo Caballero.

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El 8 de diciembre de 1936 la aviación franquista bombardeaba Alcalá de Henares dejando tras de si un reguero de muerte y destrucción. La muchedumbre se decidió a asaltar la cárcel donde se hallaban recluidos cientos de presos partidarios del alzamiento militar. La presencia de Melchor Rodrí­guez, con su voz enronquecida por las acometidas y su incuestionable magnetismo personal hicieron que la masa indignada retrocediese y no se cobrase el tributo de sangre que exigí­a una justa compensación.  En aquella prisión se encontraban nada más y nada menos que Agustí­n Muñoz Grandes, durante mucho tiempo mano derecha de Franco, Ramón Serrano Suñer, “cuñadí­simo” y partidario de la entrada de España en la II Guerra Mundial al lado de la Alemania Nazi, y otras tantas figuras que después de convertirí­an en los jerifaltes del nuevo régimen que se instaurarí­a tras el final del conflicto. Si aquel dí­a salvaron su vida fue sin duda gracias a la intervención de Melchor. Después el franquismo se lo agradecerí­a con varias detenciones posteriores consejos de guerra.

Ante la masa vociferante que exigí­a sangre por sangre Melchor expuso los argumentos de que no se podí­a imitar lo que los facciosos estaban haciendo en la zona nacional y que serí­an los tribunales populares los que se encargarí­an de juzgar a aquellos sujetos.  Una actitud controvertida que le puso incluso en contra de sus propios compañeros de organización para de la que Melchor jamás renunciarí­a.

Convencido de que los logros que el proyecto revolucionario iniciado en el mes de julio de 1936 no debí­an malograse por el derramamiento de sangre se opuso tenazmente a la labor de las checas que los continuos bombardeos franquistas sobre la población civil hací­an parecer buenas frente a las descargas de horror que sembraban aquellos aviones.

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La actuación de Melchor Rodrí­guez fue puesta en tela de juicio desde muchos sectores, en ocasiones desde la de sus propios compañeros de organización. Máxime cuando en diciembre de 1936 aún resonaban los ecos de las matanzas que Yagí¼e y compañí­a habí­an realizado en Badajoz. Sin embargo desde mi punto de vista Melchor hizo lo que debí­a de hacer, lo que su talante humanista y libertario le dictaba.

Melchor atesora además el extraño mérito de haber sido el encargado de realizar el “traspaso de poderes” a los facciosos con la condición que entrasen en la capital sin pegar ni un solo tiro.

Durante el franquismo una vez abandonó la cárcel tras el sumarí­simo consejo de guerra al que fue sometido las autoridades del nuevo régimen intentaron diversas maniobras para servirse de su prestigio. Renunció sin paliativos a las diferentes ofertas que le realizaron, como la de convertirse en secretario del Sindicato Vertical, pero suerte tuvo al también anarquista Joan Peiró fue fusilado como respuesta a su negativa ante el mismo ofrecimiento.

Melchor estuvo completamente ausente de la triste historia protagonizada por un grupo de cenetistas madrileños que en los años sesenta trataron de llegar a un acuerdo con el franquismo y que ha sido denominada como cincopuntismo. Por el contrario se mantuvo siempre en constante solidaridad con los presos libertarios que abarrotaban las cárceles franquitas y no dudó en involucrarse en algunas de las actividades conspirativas que el organismo denominado Defensa Interior realizó para desestabilizar a un régimen que ya habí­a sido reconocido internacionalmente. El propio Luis Andrés Edo, uno de los militantes anarquistas más activos en la época, le dedica un capí­tulo en su libro La CNT en la encrucijada. Aventuras de un heterodoxo donde narra sus vivencias y años de encarcelamiento en la lucha contra Franco.

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Melchor Rodrí­guez representa una de las más apasionantes figuras del anarquismo ibérico, con sus luces y sus sombras, con todo el debate y crí­tica que la colaboración gubernamental que dicho periodo merece, pero sin duda una persona que fue capaz de sacar lo mejor en los tiempos trágicos donde lo habitual era todo lo contrario. Más aún cuando no hay noticia de ningún “Melchor Rodrí­guez” ni nada que se le parezca en el bando al que combatió ni en ninguna otra guerra.


Modesto Agustí­

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