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Cuando a estas mismas horas los teletipos de todos los media nacionales e internacionales no dejan de cantar las alabanzas de Juan Carlos I tras haberse hecho pública su abdicación,  conviene recordar que su figura representa a la perfección la bisagra institucional que permitió al moribundo franquismo perpetuarse en el nuevo régimen.  Un modelo de transición polí­tica que quedó atado y bien atado y que gracias a la operación quirúrgica efectuada el 23 de febrero de 1981 consiguió relanzar la figura de una dinastí­a decadente que el tiempo, a pesar de la actual sinfoní­a adulatoria, ha terminando poniendo en su lugar.

Entre casos de corrupción y esperpéntica desfachatez, su incierta sucesión viene impuesta por un modelo polí­tico que desde hace años ha perdido toda credibilidad.  Nos gustarí­a pensar que Juan Carlos I no se va, sino que nosotros, o al menos las circunstancias sociales, han determinado que sea imposible su continuidad.

Por más que les pese a algunos, en España la palabra democracia seguirá siendo una entelequia vací­a de contenido hasta que los responsables del anterior régimen no respondan por sus crí­menes y las instituciones que los protegieron, como la propia monarquí­a, sigan existiendo.

La caida del Rey

En este momento histórico deberí­an ser los propios españoles quienes decidieran su futuro, sin que esto signifique que nos decantemos por una república pues a fin de cuentas esta no es sino otra forma de gestión del Estado, instrumento que representa la antí­tesis de la libertad y que a lo largo de la Historia se ha manifestado con las dos caras (Monarquí­a-República) de la misma moneda.

A rey muerto, rey puesto dice el refrán, pero en este caso tampoco muerto el perro se acaba la rabia.

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