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Un artí­culo donde se reflexiona acerca de cómo desde los ámbitos del poder se manejan nuestras emociones más primarias para establecer una legislación cada vez más punitiva.

“Si les das más poder al poder, más duro te van a venir a coger…” (Molotov)

Los crí­menes trascienden por su espectacularidad, o sea, por su por potencial para convertirse en espectáculo. La sociedad demanda morbo y necesita horrorizarse, quiere ver: aviones chocando y hombres arrojándose de edificios ardiendo, huesos carbonizados de niños asesinados, los detalles escabrosos sobre una mujer violada. Los casos más espectaculares, más sangrantes, disparan los í­ndices de audiencia de una industria que se rige por la ley de la oferta y la demanda, y donde el sensacionalismo es lo más cotizado. El derecho a la información es una coartada que utilizan de forma irresponsable para difundir todo tipo de basura, de trapos sucios, de desviaciones elevadas a la categorí­a de generalidad. Frente al rigor y la objetividad de un documental, la violencia excesiva y descarnada convertida en telerrealidad, y por ende, en realidad.

La mediatización de los hechos determina la intensidad de la alarma social y la dimensión de la protesta, lo cual provoca que un problema entre a formar parte de la agenda polí­tica. Tras el 11-S y demás atentados terroristas, se aprobaron leyes que recortaban libertades (civiles, de movimiento, etc.) en nombre de la seguridad. En los casos tipo Marta del Castillo, José Bretón, el niño Gabriel, etc. se ha exigido la cadena perpetua revisable, el endurecimiento de las penas (en proceso): populismo punitivo.

Vemos como en muchos casos, a falta de razones, el poder necesita manipular nuestras emociones para legislar, precisa que tengamos miedo al otro para gestionarlo, y justificar una sociedad cada vez más normativizada, represiva y panóptica. Sin embargo, otorgar mayor potestad al Estado sobre la vida de los individuos no sirve para detener el crimen, sirve para que este sea ejercido de manera legal por jueces y policí­a. La ideologí­a de la ví­ctima no sirve para defender a las ví­ctimas potenciales ni reparar el dolor de las que existen, sino que es el discurso pronunciado por el poder para ponernos a todos en la picota.

Jimmy Muelles

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