Publicado por DV & archivado en Anarquismo.

<los miembros de un comité de fábrica que son anarquistas actúan dentro del mismo por su condición de trabajadores,>

<pero no hablan ni actúan en nombre de una organización, ni deben consultar a ese organismo cual será la política a adoptar.
Una organización -aunque carezca de líderes o jefes- que actúe como un partido político revolucionario dentro de las organizaciones obreras y comunales, devendrá inevitablemente en un dirigente fantasma,…>

Segunda entrega de este diario del libro “Entre la plataforma y el partido. Las tendencias autoritarias y el anarquismo” de Patrick Rossineri, publicado en los números 45 a 49 del periódico anarquista “libertad” de Buenos Aires, Argentina.

Para leer la parte 1 pincha aquí.

En este enlace tenéis el libro completo en pdf. También lo puedes encontrar en la Biblioteca anarquista “La Maldita”, situada en calle las escuelas 8a del pueblo de Gamonal.

  • Algunas críticas a la concepción Leninista de Partido
  • En el comienzo, La Plataforma.
  • Las propuestas de La Plataforma Organizacional.
  • Las reacciones contra la Plataforma.
  • La crítica de Volin, Fleshin y otros exiliados rusos.

Algunas críticas a la concepción Leninista de Partido.

Dejando de lado las críticas provenientes de elementos burgueses o autoritarios, las principales objeciones a las tesis de Lenin fueron formuladas desde el comunismo de consejos y desde el anarquismo. Si bien el comunismo de consejos se adscribía dentro de la corriente marxista, renegaba de la concepción vanguardista y autoritaria de Lenin como del colaboracionismo socialdemócrata de Bernstein. Quizás una de las peculiaridades que presentan las críticas al bolchevismo desde estos sectores comprometidos con una visión antiautoritaria de la revolución social, sea el carácter profético de muchas de sus proposiciones con respecto a la posterior evolución de la dictadura del proletariado, o mejor dicho, la dictadura del Partido Comunista soviético.

La pregunta que se hacían los comunistas de consejos alemanes y holandeses era: quién debe ejercer la dictadura, ¿el proletariado como clase o el Partido Comunista? Según su óptica había dos partidos comunistas: el partido de los jefes (organiza y dirige la lucha desde arriba, participando del poder) y el partido de las masas (que lucha desde abajo rechazando el parlamentarismo y el colaboracionismo). Según uno de sus voceros, el alemán Karl Erler, “la clase obrera no puede destruir el Estado burgués sin aniquilar la democracia burguesa, y no puede aniquilar la democracia burguesa sin destruir los partidos” (citado en, ibidem, pág. 15). Para Lenin esta posición era un claro ejemplo de «infantilismo de izquierda». El líder bolchevique respondía a estas críticas con argumentos que aún hoy continúan pareciendo familiares:
«Negar la necesidad del partido y de la disciplina del partido, he aquí el resultado a que ha llegado la oposición. Y esto equivale a desarmar completamente al proletariado en provecho de la burguesía. Esto da por resultado los vicios pequeño burgueses: dispersión, inconstancia, falta de capacidad para el dominio de sí mismo, para la unión de los esfuerzos, para la acción organizada que producen inevitablemente, si se es indulgente con ellos, la ruina de todo movimiento revolucionario del proletariado» (ibidem, pag. 33).

Según creía Lenin las diferencias entre los comunistas de consejos alemanes y las proposiciones anarquistas eran casi inexistentes. Pero los anarquistas no merecían el honor de ser blanco de sus ataques debido a que su rechazo al marxismo y a la dictadura del proletariado demostraba su esencia ideológica pequeño burguesa. «La concepción del mundo de los anarquistas es la concepción burguesa vuelta del revés. Sus teorías individualistas y su idea individualista están en oposición directa con el socialismo» Lenin, Socialismo y anarquismo, 1905).

Uno de los teóricos más brillantes del consejismo, el holandés Antón Pannekoek, sostenía que: «El viejo movimiento obrero está organizado en partidos. La creencia en los partidos es la razón principal de la impotencia de la clase obrera; por lo tanto, nosotros evitamos la creación un nuevo partido. No porque seamos demasiado pocos -un partido de cualquier tipo comienza con pocas personas-, sino porque un partido es una organización que apunta a dirigir y controlar a la clase obrera. En oposición a esto, nosotros mantenemos que la clase obrera sólo puede alzarse a la victoria cuando afronta de modo independiente sus problemas y decide su propio destino. Los obreros no deben aceptar ciegamente las consignas de otros, ni de nuestros propios grupos, sino que deben pensar, actuar y decidir por sí mismos» (Partido y Clase, escrito en 1936, Edición Electrónica por CICA, 2005).
Después de ver la lucha de clases como una lucha de partidos -argumentaba Pannekoek- se hace difícil considerarla como una lucha de clases. Además, es una ficción la identidad entre un partido (personas que están de acuerdo en sus concepciones sobre los problemas sociales) y una clase (el papel de las personas en el proceso de producción) que proponen los bolcheviques, ya que las contradicciones no tienden a resolverse entre ellos, como lo muestra la realidad inexcusable de encontrar partidos obreros vacíos de obreros y partidos burgueses integrados por obreros. Este problema es expuesto por Pannekoek mediante la sentencia: «la clase obrera no es débil porque esté dividida, sino que está dividida porque es débil». Una de las causas de esta debilidad es el accionar de las organizaciones de tipo partidario sal interior de la clase obrera. Existe una contradicción en el término partido revolucionario, ya que por su forma, contenidos y objetivos estos partidos nunca pueden serlo. «Podemos decirlo de otra manera: en el término partido revolucionario, revolucionario siempre significa una revolución burguesa. Siempre que las masas derrocan un gobierno y entonces permiten a un nuevo partido tomar el poder, tenemos una revolución burguesa -la sustitución de una casta gobernante por una nueva casta gobernante.» El objetivo de los partidos es tomar el poder para ellos y declamar que la revolución consiste en ese acto, en lugar de ayudar a auto-emancipar a la clase proletaria. Con una magistral claridad describe Pannekoek a los partidos revolucionarios:

«deben ser estructuras rígidas con líneas de demarcación claras a través de fichas de afiliación, estatutos, disciplina de partido y procedimientos de admisión y expulsión. Pues ellos son instrumentos del poder -luchan por el poder, refrenan a sus miembros por la fuerza y buscan constantemente extender el alcance de su poder-. Su tarea no es desarrollar la iniciativa de los obreros; en lugar de eso, aspiran a entrenar a miembros leales e incondicionales de su fe. Mientras la clase obrera en su lucha por el poder y la victoria necesita de la libertad intelectual ilimitada, la dominación del partido tiene que suprimir todas las opiniones excepto la suya propia. En los partidos “democráticos”, la supresión está velada; en los partidos dictatoriales es una supresión abierta y brutal» (ibidem).

Entonces, el partido es un obstáculo para la revolución porque no sirve como medio de propaganda y esclarecimiento, sino que por el contrario el gobierno es su función principal. Y toda autoproclamada vanguardia revolucionaria cuya intención sea dirigir y dominar a las masas a través del partido revolucionario es un elemento reaccionario.

Los partidos son formas burguesas de organización y -como sostiene Roi Ferreiro en Por qué necesitamos ser anti-partido- estos partidos no son otra cosa que el ala izquierda del reformismo de izquierda, la extrema izquierda del capital. Los partidos existen en lucha y oposición a otros partidos y justifican su existencia precisamente en ese punto; de este modo, pretenden convertirse en los sujetos ejecutivos de un poder de clase. Los partidos no surgen de la lucha de clases sino desde la creencia en una teoría acerca de la lucha de clases, desde un punto de vista exterior a la misma. Y agrega Ferreiro: «Al luchar por cambiar las relaciones de poder, el partido lucha implícitamente por ocupar un lugar en esas relaciones de poder cambiadas -incluso aunque, en teoría, se pueda plantear renunciar al poder-.» Y cierra con la fórmula de: a mayor poder del partido, menor poder real tiene la clase trabajadora.

Este último punto es especialmente importante porque comprende algunos planteamientos de sectores anarco-partidistas -que ya mencionamos anteriormente- que creen que con solo quitar de su programa la toma del poder, ya han conjurado al fantasma del leninismo y el autoritarismo dentro de su organización. No se trata de una cuestión de palabras, o acepciones de una misma palabra. Se trata de concepciones diametralmente opuestas, podríamos decir excluyentes, de concebir un proyecto revolucionario.

Desde el anarquismo las críticas al bolchevismo han sido pródigas, pero aquí solo mencionaremos algunas de las referidas al partido revolucionario. Quizás la crítica mejor formulada a toda la concepción leninista haya sido la de Luigi Fabbri en su imprescindible obra Dictadura y Revolución; aunque estaba enfocada más que nada a refutar las tesis marxista-leninsta sobre la dictadura del proletariado, más que en criticar el carácter partidario del bolchevismo. No obstante, Fabbri desmiente rotundamente las afirmaciones de los anarco-partidistas a las que nos referimos anteriormente, sobre la viabilidad de conformar organizaciones partidarias anarquistas:»

Los anarquistas tienen escaso espíritu de partido; no se proponen ningún fin inmediato que no sea la extensión de su propaganda. No son un partido de gobierno ni un partido de intereses -a menos que por interés se entienda el del pan y la libertad para todos los hombres-, sino sólo un partido de ideas. Es ésta su debilidad, por cuanto les está vedado todo éxito material, y los otros, más astutos o más fuertes, explotan y utilizan los resultados parciales de su obra.Pero ésta es también la fuerza de los anarquistas, pues sólo afrontando las derrotas, ellos -los eternos vencidos- preparan la victoria final, la verdadera victoria. No teniendo intereses propios, personales o de grupo para hacer valer, y rechazando toda pretensión de dominio sobre las multitudes en cuyo medio viven y con las cuales comparten las angustias y las esperanzas, no dan órdenes que ellas deban obedecer, no les piden nada, pero les dicen: Vuestra suerte será tal cual la forjéis; la salvación está en vosotros mismos; conquistadla con vuestro mejoramiento espiritual, con vuestro sacrificio y vuestro riesgo. Si queréis, venceréis. Nosotros no queremos ser, en la lucha, más que una parte de vosotros».

Después de citar tan extensamente a Fabbri, casi no haría falta agregar que cuando los italianos Malatesta, Fabbri o Berneri utilizan el término partido, no se refieren a organizaciones políticas partidarias sino al mencionado partido de ideas. Nada más lejano de la concepción leninista acerca del papel de la vanguardia, las organizaciones revolucionarias y la actuación de las masas. La lectura de la obra de Fabbri, además de esclarecedora sobre la calidad reaccionaria del bolchevismo, es sorprendentemente actual, debido al carácter casi premonitorio de muchas de sus proposiciones acerca de cómo se iba a desarrollar la revolución rusa, y que aún hoy encuentran validez extraordinaria cuando aplicadas a supuestos «procesos revolucionarios» como el caso cubano o el bolivariano en la Venezuela de Chávez.Durante la revolución rusa los anarquistas mantuvieron una actitud crítica hacia el Partido Comunista y a su actuación gubernativa. Uno de los voceros más radicalizados del anarquismo ruso fue Golos Truda, periódico dirigido por Volin. Los anarquistas publicaban rabiosamente las arbitrariedades de los bolcheviques, interviniendo en la autonomía de los comités de fábricas y de talleres, impidiendo el control obrero de la producción. Los anarcosindicalistas de Moscú denunciaban al partidismo bolchevique proclamando ¡abajo la lucha partidista!; ¡Abajo la Asamblea Constituyente, donde los partidos volverán una y otra vez sobre «criterios», «programas», «consignas» -y sobre el poder político!; ¡Vivan los soviets locales, reorganizados, de nuevo, sobre una línea verdaderamente revolucionaria, obrera y no-partidista! (En Paul Avrich, Los anarquistas rusos, Pág. 165).

Durante la revolución de octubre, los partidos podían estar representados en los soviets y consejos de trabajadores por delegados individuales, reemplazando de hecho a los soviets de campesinos, obreros y soldados por soviets de partidos políticos (finalmente quedando tan solo el partido bolchevique). «Oradores como Lenin y Trotsky no eran por cierto obreros ni soldados, y mucho menos campesinos. Llegaron a ser líderes de sus consejos en virtud de que eran líderes de su partido. Su ascenso al poder se cumplió a través de años de intrigas partidarias. Como periodistas (si esa era su profesión) tenían una escasa chance de representar a los soviets de tipógrafos. Como líderes de su partido eran figuras prominentes» (A. Meltzar-S. Christie, Anarquismo y lucha de clases, Pág. 141). Más que periodistas, revolucionarios profesionales, nos permitimos agregar.

En realidad es inevitable algún tipo de organización exterior a los comités de fábrica, sindicatos, consejos, comunas, sociedades de resistencia, soviets, o como quiera que se llame a la unidad organizativa popular de base. No se pueden cerrar los ojos y simplemente afirmar que la propaganda política no existe. Para los anarquistas se hace importante una organización exterior de apoyo, pero eso no implica la necesidad de conformar partidos. Es decir, los miembros de un comité de fábrica que son anarquistas actúan dentro del mismo por su condición de trabajadores, con adscripción ideológica anarquista; pero no hablan ni actúan en nombre de una organización, ni deben consultar a ese organismo cual será la política a adoptar. Una organización -aunque carezca de líderes o jefes- que actúe como un partido político revolucionario dentro de las organizaciones obreras y comunales, devendrá inevitablemente en un dirigente fantasma, en un titiritero oculto tras el decorado, en un líder invisible alimentado por el culto a la organización como fin en sí misma.

Como dicen los anarquistas británicos Meltzer y Christie, cierto grado de sectarismo no solo es necesario sino que también es positivo. La pretensión de unidad con otras organizaciones de izquierda con mayor caudal de afiliados tiende a diluir la revolución, no a intensificarla. «La lucha que cuenta es la que ayuda a construir una nueva sociedad, y esto sólo puede hacerse mediante una acción revolucionaria individual o de grupo que propague persistentemente su propaganda mediante la palabra y la acción. Por nuestro sectarismo podemos estar en la actualidad separados del resto del mundo. Pero en caso contrario seríamos parte de ese mundo. No aceptamos la absurda afirmación del trotskismo de que es necesario unirse al partido Laborista para estar en contacto con la clase trabajadora» (ibidem, Pág. 144).

Prácticamente podríamos decir que está implícito en la definición del vocablo anarquista, la imposibilidad de conformar organizaciones partidarias. Cabe aclarar que eso no significa rechazar toda forma de organización, como sostiene el individualismo trasnochado. Más bien, diríamos que la organización es un medio que debe asumir el carácter de los fines por los que se la ha erigido: una organización anarquista es un medio que debe promover fines anarquistas, es decir, debe prefigurar la nueva sociedad revolucionaria. «El revolucionario libertario no puede tener nada que ver con la organización política partidaria. Esta sólo puede ser un lugar estratégico para alcanzar el poder o un monumento recordatorio de pasadas batallas o un ghetto espiritual. Está sujeta a los peligros implícitos de la burocracia o del copamiento. El control democrático no es ninguna salvaguardia, pues aunque la decisión mayoritaria se acepte como una manera adecuada de hacer las cosas, en la práctica se controla lo que entra, de manera que la mayoría pueda estar de acuerdo con las decisiones a tomar» (ibidem, Pág. 145). Cuando examinemos más detenidamente la práctica real de ciertos nucleamientos anarco-partidistas y neo-plataformistas probaremos como en nombre de la unidad ideológica y de los mecanismos de autocontrol, se hace prácticamente imposible cualquier tipo de disidencia al interior de estas organizaciónes.

En el comienzo, la plataforma.

Se puede afirmar que prácticamente todas las variantes de anarco-leninismo, anarco-bolchevismo y anarco-partidismo tienen su origen en la Plataforma Organizacional de los Comunistas Libertarios que publicaran en 1926 los anarquistas ucranianos y rusos exiliados en París, y que se agrupaban alrededor del periódico bimestral Dielo Truda (La Causa de los Trabajadores). Los dos integrantes más notorios del grupo eran Piotr Archinov y Néstor Machno, el célebre comandante guerrillero ucraniano.

Si bien el documento fue firmado por el colectivo editorial de Dielo Truda, fue redactado prácticamente en su totalidad por Piotr Archinov, lo cual se deduce de cotejar la redacción del texto de La Plataforma con otros de sus artículos. Igualmente el programa redactado por Archinov reflejaba sinceramente la posición de todo el colectivo editorial de Dielo Truda, que solía firmar también como Grupo de Anarquistas Rusos en el Extranjero. En verdad la publicación del panfleto fue la presentación oficial de una serie de artículos y discusiones previas donde se analizaban las causas de la derrota del movimiento anarquista ruso por los bolcheviques y se criticaba con rudeza la propuesta de conformar organizaciones mixtas y de síntesis, es decir, que agruparan en su interior las tres corrientes principales del pensamiento anarquista, y que había sido patrocinada por Volin, Sebastián Faure y otros anarquistas de renombre. Esta situación llevó a una agria disputa entre Volin, Fleshin y otros anarquistas rusos con Archinov, Machno y el grupo Dielo Truda, que no estaría exenta de difamaciones e injurias entre sus protagonistas. Las críticas hacia la Plataforma fueron contundentes e involucraron a las figuras más prominentes del anarquismo internacional, baste mencionar a Errico Malatesta, Luigi Fabbri, Camilo Berneri, Sebastián Faure, Max Nettlau, Alexander Berkman y Emma Goldman. Veamos entonces qué era lo que proponía la Plataforma Organizacional que provocó una reacción tan encendida.

Las propuestas de la plataforma organizacional

El documento que publicó Dielo Truda comenzaba afirmando que la debilidad del movimiento anarquista internacional se debía a un número de causas, de las cuales la más importante, la principal, es la ausencia de principios y prácticas organizativas en el movimiento anarquista. En todos los países, el anarquismo está representado por una serie de organizaciones locales que advocan teorías y prácticas contradictorias, sin tener perspectivas de futuro, ni una constancia en el trabajo militante, y habitualmente desapareciendo , dejando difícilmente la más mínima huella tras de sí. Tomado como un todo, tal estado del anarquismo revolucionario sólo puede ser descrito como “desorganización crónica”. Como la fiebre amarilla, esta enfermedad de desorganización se introdujo en el organismo del movimiento anarquista y le ha sacudido por docenas de años. (…) Fue durante la Revolución Rusa de 1917 que la necesidad de una organización general fue sentida más hondamente y más urgentemente.

Fue durante esta revolución que el movimiento libertario mostró el más alto grado de seccionalismo y confusión. Sostenían que este estado caótico se debía a una falsa interpretación del principio de individualidad, confundiéndolo con el egoísmo, la indiferencia política y la ausencia de responsabilidad. Todas estas afirmaciones si bien tenían su parte de verdad, eran generalizaciones que los autores de La Plataforma exageraban rabiosamente con el fin de reforzar su posición. Por otro lado, para hacer esta clase de generalizaciones se basaban en su propia experiencia del fracaso organizativo del movimiento anarquista ruso. No podría en verdad calificarse como un estado de «desorganización crónica» a la situación del movimiento anarquista en los países con fuerte tradición anarcosindicalista, siendo el caso más notable el de el movimiento español.

No solo los anarquistas individualistas eran blanco de las críticas del grupo Dielo Truda. También rechazaban el modelo organizativo propuesto por Volin y Faure, conocido como organizaciones de síntesis, que habían funcionado durante un tiempo en la revolución rusa como la Confederación Nabat y que también existían en países como Francia. Incluso los anarcosindicalistas fueron el blanco de sus críticas.

«Rechazamos como inepta, práctica y teóricamente, la idea de crear una organización con la receta de la «síntesis», esto es, con reunir los representantes de diferentes tendencias del anarquismo. Tal organización, habiendo incorporado elementos heterogéneos teórica y prácticamente, sólo sería un ensamblaje mecánico de individualidades cada cual teniendo una diferente concepción de todas las cuestiones respecto al movimiento anarquista, un ensamblaje el cual llevaría inevitablemente a la desintegración en el encuentro con la realidad. El método anarcosindicalista no resuelve el problema de la organización anarquista, ya que no le da prioridad a este problema, interesándose solamente en penetrar y ganar fuerzas en el proletariado industrial.

«Proponían en cambio una unión general de anarquistas en base a posiciones precisas en lo táctico, teórico, organizativo y férreamente disciplinada bajo el principio de responsabilidad colectiva, en base un programa definido y homogéneo. El objetivo del documento era establecer una plataforma mínima sobre la cual deliberar para dar forma a dicha organización. Los principales puntos que Archinov, Machno y sus camaradas proponían como ineludibles eran:

1.La noción de lucha de clases como principal de la ideología anarquista. Es en esta afirmación donde la influencia de Archinov -quien había militado en las filas bolcheviques hasta 1906- se manifestaba en todo su peso. Además, se evidenciaban las influencias marxistas que convivían con su pensamiento anarquista, en una suerte de anarco-bolchevismo no declarado.

En el dominio social toda la historia humana representa una cadena ininterrumpida de luchas de las masas laboriosas por sus derechos, libertad y por una mejor vida. En la historia de la sociedad humana esta lucha de clases ha sido siempre el factor primario que determinó la forma y estructura de estas sociedades. El régimen social y político de todos los Estados es por sobre todo el producto de la lucha de clases. La estructura fundamental de toda sociedad nos muestra el estado que alcanzó y en que se encuentra en la lucha de clases. El más mínimo cambio en el curso de la lucha de clases, en la posición relativa de las fuerzas en la lucha de clases, produce modificaciones continuas en el tejido y estructura social. Tal es el alcance y significado universal, general de la lucha de clases en la vida de las sociedades de clases.

Esta postura no se diferencia de la famosa afirmación del Manifiesto Comunista de Marx y Engels acerca de que la Historia de la humanidad es la Historia de la lucha de clases entre explotadores y oprimidos. Si bien esta es una verdad indiscutible, no es menos cierto que esa no es toda la verdad, sino que más bien es una versión extremadamente estrecha, determinista y reduccionista de la Historia. Esta actitud favorable a un clasismo restringido mayormente a la clase obrera urbana e industrializada, revelaba una cierta estrechez de miras, restando importancia a la situación campesina en un país con población mayoritariamente rural. No obstante, en La Plataforma las alusiones a la clase trabajadora suelen ser confusas y cambiantes, porque a veces parece referirse a la clase obrera específicamente, mientras que en otros casos lo hace en un sentido más amplio, que incluiría a los campesinos y asalariados en general, o como referencia genérica a las masas laboriosas.

2.La idea de las masas como portadoras de una capacidad creativa y anárquica natural. El anarquismo sería una actitud inherente a las masas, que los pensadores anarquistas, es decir, Bakunin, Kropotkin y otros, «habiéndola descubierto en las masas, simplemente ayudaron con la fuerza de su pensamiento y su conocimiento a especificarla y divulgarla». El documento declara expresamente diferenciarse de los bolcheviques quienes «consideran que las masas poseen sólo instintos revolucionarios destructivos, siendo incapaces de la actividad creativa y constructiva- razón principal por la cual estas actividades deben ser concentradas en manos de los hombres que conforman el Estado y el Comité Central del Partido». Esta tesis de los editores de Dielo Truda será incongruente con otras proposiciones que sustentarán en el mismo documento, y que no los diferencian de la reprochada visión de los bolcheviques.

3.El Comunismo Libertario como la idea troncal del movimiento. El grupo liderado por Archinov consideraba al individualismo anarquista como refractario a la organización, a la disciplina y al compromiso, por lo cual sus adherentes ni siquiera eran tenidos en cuenta para la conformación de una Unión General de Anarquistas, mientras que el anarco-sindicalismo era considerado como un medio para llegar a un fin (el comunismo anarquista). Por eso creían -y no sin razones de peso- que era imposible llegar a una síntesis como la que proponía Volin, por ser arbitraria esta división del anarquismo en tres ramas (Dielo Truda Nº 10, marzo de 1926). Esta actitud de los plataformistas sería criticada por los propios anarco-comunistas como Luigi Fabbri, por pretender excluir del movimiento anarquista a todas las otras tendencias que no concordaban con la suya. Otro problema que generaba la adhesión excluyente al comunismo libertario era que fracasaba en su intento de unificar al movimiento, precisamente por no incluir a las otras tendencias, y entonces perdía su principal razón de existir. Recordemos que el documento sostenía que «las fuerzas de todos los militantes anarquistas deben estar orientadas hacia la creación de esta organización», es decir, la Unión General de Anarquistas.

4.Conformar una Unión General de Anarquistas, fundada en la unidad ideológica, la unidad táctica y la responsabilidad colectiva; e implementar un programa de acción a cumplir. Esta era una de las cuestiones que generó mayores rechazos e impugnaciones.

Estos tres puntos tan conflictivos eran definidos escuetamente por los plataformistas, y debieron ser ampliados en posteriores documentos. Los principios fundamentales de la organización de la Unión General de Anarquistas eran:

1- Unidad Teórica: La teoría representa la fuerza que dirige las actividades de las personas y de las organizaciones a lo largo de un sendero definido hacia un determinado fin. Naturalmente, debe ser común a todas las personas y organizaciones adherentes a la Unión General, tanto en lo general como en sus detalles, deben estar en perfecto acuerdo con los principios teóricos profesados por la Unión.

2- Unidad Táctica o Método de Acción Colectivo: Del mismo modo, los métodos tácticos empleados por miembros separados y por las organizaciones en la Unión deben ser unitarios, esto es, estar en riguroso acuerdo tanto entre sí y con las teorías y tácticas generales de la Unión. Una línea táctica común en el movimiento es de decisiva importancia para la existencia de la organización y para el movimiento todo: remueve los desastrosos efectos de muchas tácticas en oposición unas con otras, concentra todas las fuerzas del movimiento, les da una dirección común llevando al objetivo fijado.

3- Responsabilidad Colectiva: La práctica de actuar bajo la única responsabilidad individual debe ser decisivamente condenada y rechazada en las filas del movimiento anarquista. Las áreas de la vida revolucionaria, social y política, son, por sobre todo, profundamente colectivas por naturaleza. La actividad social revolucionaria en estas áreas no puede estar basada en la responsabilidad personal de los militantes individuales. El órgano ejecutivo del movimiento anarquista general, la Unión Anarquista, tomando una línea firme en contra de la táctica del individualismo irresponsable, introduce en sus filas el principio de la responsabilidad colectiva: La Unión entera será responsable de la actividad política y revolucionaria de cada uno de sus miembros; del mismo modo, cada miembro será responsable de la actividad política y revolucionaria de la Unión como un todo.

4- Un cuarto punto sostenía la necesidad del Federalismo, la independencia de los individuos y la descentralización, pero a continuación argumentaba que «con frecuencia el principio federativo se ha deformado en las filas anarquistas: ha sido reiteradamente entendido como el derecho, por sobre todo, a manifestar el “ego” individual, sin la obligación a los deberes de los cuales requiere la organización. Esta falsa interpretación, desorganizó a nuestro movimiento en el pasado. Es tiempo de ponerle fin en forma irreversible y firme. Federación significa el libre acuerdo de los individuos y organizaciones para trabajar colectivamente hacia un objetivo común.» Esta exagerada salvedad que hacían los plataformistas los habilitaba para afirmar que el único federalismo bien entendido era suyo.

5- Instauración de un Comité Ejecutivo; guía ideológica, vanguardismo, dirigismo y toma de decisiones con preponderancia de las mayorías. Aunque en La Plataforma se declara expresamente que no se aspira al poder político ni al gobierno, sino que la principal aspiración del anarquismo debe ser ayudar a las masas a lograr su emancipación para la construcción del socialismo, en seguida se contradice con esta afirmación y con la noción expresada anteriormente acerca de la capacidad natural creativa las masas:

Pese a que las masas se expresan profundamente en los movimientos sociales en términos de las tendencias y principios libertarios, estas tendencias y principios, permanecen dispersos, descoordinados, y consecuentemente, no llevan a la organización del poder conductor de las ideas libertarias, el cual es necesario para preservar la orientación anarquista y los objetivos de la Revolución Social. Esta fuerza conductora teórica, sólo puede ser expresada por una colectividad especialmente creada por las masas para éste propósito. Los elementos anarquistas organizados constituyen exactamente ésta colectividad.

(…)En todas estas cuestiones, y en muchas otras, las masas demandan una clara y precisa respuesta por parte de los anarquistas. Y desde el momento en que los anarquistas declaran una concepción de la revolución y de la estructura de la sociedad, están obligados a dar a éstas cuestiones una clara respuesta, para relacionar la solución de estos problemas con la concepción general del comunismo libertario, y para abocar todas sus fuerzas para la realización de éste. Sólo en este sentido la Unión General de Anarquistas y el movimiento anarquista completo aseguran su función como fuerza conductora teórica de la Revolución Social (subrayado nuestro).

Son estas pretensiones de convertirse en una organización «creada por las masas» que actúe como guía teórica de las masas dispersas y desorganizadas, las cuales «demandan» una «clara y precisa respuesta» de los anarquistas, las que aproximan los planteos plataformistas con los leninistas. Aquí vemos reaparecer la función de la organización partidaria en toda su dimensión, como conductora del instinto revolucionario de las masas y como única línea teórica admisible. Es decir, la tan ponderada creatividad de las masas y su capacidad innata para el socialismo libertario, no parecen jugar ningún rol de importancia sino es bajo la guía de la organización partidaria anarquista; aquí el anarco-leninismo se manifiesta veladamente dentro de una retórica anarquista artificiosa. Esta idea de conducción y guía que proponían los plataformistas, se manifiesta en el formato organizativo centralizado en un comité ejecutivo de clara vocación jerárquica, en flagrante contradicción con los principios federalistas.

Cada organización adherida a la unión representa una célula vital del organismo común. Toda célula debe tener su secretario, ejecutando y guiando teóricamente el trabajo político y técnico de la organización.

Con vista a la coordinación de las actividades de todas las organizaciones adherentes a la Unión, será creado un órgano especial: el comité ejecutivo de la Unión. El comité tendrá a su cargo las siguientes funciones: la ejecución de las decisiones tomadas por la Unión que se les haya confiado; la orientación teórica y organizacional de las actividades de los grupos aislados de forma consistente con las posiciones teóricas y con la línea táctica general de la Unión; la mantención de los lazos de trabajo y organizativos entre las organizaciones en la Unión y las otras organizaciones.

La Unión General de Anarquistas no se diferenciaba mucho de cualquier partido político, salvo la expresa negativa a formar un gobierno, pero sin renunciar a un rol dirigente sobre las masas, sobre los sindicatos y consejos de trabajadores, mediante un comité ejecutivo centralizado.

6.El rol del sindicalismo. Para los plataformistas el sindicalismo era el principal medio de lucha, pero al no tener una teoría revolucionaria propia, era indispensable inclinarlo en una dirección libertaria. El anarcosindicalismo se presentaba a ojos de los plataformistas como incompleto e incapaz de anarquizar al movimiento obrero. La táctica de La Plataforma para los sindicatos no se diferenciaba de la aplicada por los partidos leninistas.

La tarea de los anarquistas en las filas del movimiento de trabajadores revolucionarios puede sólo ser cumplida en condiciones tales que su trabajo se vea íntimamente ligado y asociado con la actividad de la organización anarquista por fuera del sindicato. En otras palabras, debemos ingresar al movimiento sindical revolucionario como una fuerza organizada, responsable de cumplir su trabajo en el sindicato ante la organización general de los anarquistas, y orientada por ésta última.

Sin restringirnos a la creación de sindicatos anarquistas, debemos buscar ejercer nuestra influencia teórica en todos los sindicatos, en todas sus formas (los IWW, las TU rusas). Sólo podemos alcanzar éste fin trabajando en grupos anarquistas rigurosamente organizados; pero nunca en pequeños grupos empíricos, sin ligazón organizativa ni acuerdo teórico entre ellos (subrayado nuestro). Esta propuesta no se diferencia del dirigismo que aplicaron los bolcheviques sobre los soviets, convirtiéndolos en apéndices del Partido Comunista. En otras palabras, los trabajadores no son quienes deciden libremente en condición de tales, sino que la línea es inducida, infiltrada o impuesta desde una organización exterior al gremio o al consejo obrero.

7.La cuestión de la Defensa de la Revolución. Basados en su experiencia durante la revolución rusa y su participación en la guerra revolucionaria en Ucrania, el grupo de Machno y Archinov proponía la creación de un ejército para la defensa de la revolución contra la inevitable reacción de la burguesía (no como estrategia excluyente para lograr la revolución, como han pretendido algunos). Como en todas las guerras, la guerra civil no puede ser emprendida por los trabajadores con éxito a menos que apliquen los dos principios fundamentales de toda acción militar: unidad en el plan de operaciones y unidad del mando común. El momento más crítico de la Revolución vendrá cuando la burguesía marche en contra de la revolución como fuerza organizada. Este momento crítico obliga a los trabajadores a adoptar éstos principios de la estrategia militar.

De tal modo, en vista de las necesidades impuestas por la estrategia militar, además de la estrategia de la contrarrevolución, las fuerzas armadas de la revolución deben estar inevitablemente basadas en un ejército general revolucionario con un mando común y con un plan de operaciones.

En teoría, este ejército estaría sometido a la jurisdicción de las organizaciones productivas de obreros y campesinos, lo que no deja de sonar como un formalismo inaplicable. Según advertían los firmantes del documento, la creación de un ejército debería ser tomada no como una cuestión de principio sino más bien de tipo estratégica, a la que los trabajadores se verían «fatalmente forzados» a recurrir en defensa de revolución.

Hasta aquí hemos repasado sucintamente los argumentos básicos que proponía la Plataforma Organizacional de los Comunistas Libertarios. Las respuestas no se hicieron esperar, no solo dentro del círculo de los exiliados rusos sino también entre camaradas de otros países.

Las reacciones contra la plataforma.

El documento de Dielo Truda provocó una catarata de respuestas críticas, algunas destempladas y otras mesuradas. Entre los anarquistas rusos exiliados el alboroto tomó ribetes escandalosos cuando comenzaron las acusaciones cruzadas entre antiguos camaradas de lucha.

Desde el grupo de Volin se explicitó que la Plataforma era tributaria de la ideología bolchevique y se hacía referencia al pasado de Archinov, que antes de integrarse al anarquismo en 1906 había militado en las filas bolcheviques; según ellos, su autor nunca se había distanciado de las ideas de Lenin. Como contrapartida, Makhno sugirió que Volin se había pasado a los comunistas en 1919, en ocasión de ser tomado prisionero por el Ejército Rojo. Alexander Berkman salió en defensa de Volin acusando a Makhno de poseer un temperamento militarista y que estaba moralmente dominado por Archinov. De éste opinaba que «su carácter es enteramente bolchevique»; «tiene un carácter dominante, arbitrario y tiránico. Todo ello arroja alguna nueva luz también sobre la Plataforma Organizativa» (P. Avrich; Los anarquistas rusos: 247). La Plataforma era vista como una desviación anarco-bolchevique y que pregonaba un anarquismo de corte partidario.

La derrota, el penoso exilio y la certeza de un futuro ominoso carcomían por dentro al grupo de exiliados rusos: las rivalidades personales estallaban entre los viejos revolucionarios; la discordia había ocupado el espacio de la camaradería, dando un penoso golpe de telón al accionar del anarquismo ruso.

La crítica de Volin, Fleshin y otros exiliados rusos.

En abril de 1927 se publicó en ruso y en francés la Respuesta al documento de Dielo Truda, primera intervención en una larga serie de debates acerca del rol de la organización anarquista. La Respuesta se inauguraba con la siguiente frase: «No estamos de acuerdo con las afirmaciones de la Plataforma…» revelando el tenor crítico que tendría el documento de allí en más. Continuaba con un rechazo explícito de las motivaciones sobre las que el grupo Dielo Truda se basaba para fundamentar su propuesta: que la debilidad del movimiento anarquista se debía a la ausencia de principios organizativos. Sin rechazar la necesidad de organizarse, el grupo de Volin consideraba que la Plataforma «sobre enfatizaba la importancia del rol de la organización», estableciendo una partido centralizado que insertaría una línea política y táctica para el movimiento anarquista.

Además de rechazar la idea de anarquismo de síntesis según estaba explicitada en la Plataforma, el grupo de Volin sostenía que proponer a la idea de lucha de clases como la única válida para el anarquismo, rechazando los principios humanistas e individualistas implicaba constreñir la idea, limitarla a un solo punto de vista.»El anarquismo es más complejo, sintético y diverso, como lo es la vida misma. Su componente de clase consiste principalmente en la lucha por la liberación; su carácter humanitario constituye su aspecto ético y la base de la sociedad humana; su individualismo, el ser humano como finalidad».

Con respecto al rol de las masas, la Respuesta sostenía que la tesis de la Plataforma podía resumirse en: las masas deben ser dirigidas. Por el contrario, sostenía Volin y compañía que los anarquistas no debían dirigir a las masas sino actuar desde las masas. La perspectiva plataformista no se diferenciaba de la de los partidos políticos en este punto de vista, porque compartía con ellos presupuestos similares: a) las masas deben ser dirigidas, b) la minoría conciente separada de las masas debe llevar la iniciativa, c) este colectivo debe organizarse en un partido que debe tomar la iniciativa en todas las áreas de la revolución.

«Los anarquistas y las organizaciones específicas (grupos, federaciones, confederaciones) solo pueden ofrecer asistencia ideológica, sin asumir el rol de líderes.» La más leve insinuación de caudillaje, superioridad o liderazgo sobre las masas, conduciría a una aceptación y sometimiento a una dirección separada de las bases.

Otro de los puntos de la Plataforma que rechazaba la Respuesta era la obligatoriedad de la aceptación de ciertas decisiones, cuyo rechazo conllevaba la aplicación de sanciones; esto significaría «el comienzo de la coerción, la violencia y los castigos».

Consecuentemente, el grupo de Volin rechazaba la idea de controlar «en momentos específicos» la libertad de expresión y de prensa en defensa de la revolución, como proponían los plataformistas. ¿Quienes impondría estos límites, quienes determinarían los momentos específicos cuando llegase el caso, quiénes tendrían esa capacidad de decisión?: la autoridad y el poder se rehabilitarían, aunque se los calificase con otros nombres.

Con respecto a la defensa de la revolución, el grupo de Volin sostenía que en la propuesta de la Plataforma acerca de un ejército dirigido por un comando centralizado, se evidenciaba un error técnico y un error político. El error técnico consistía en creer que un ejército de esas características es idóneo para la defensa de la revolución, por el simple hecho de su centralización. El despliegue de un plan general de acción ideado por un comando centralizado no está a exceptuado de llevar la revolución a la derrota. Un ejército centralizado podría ser tan nefasto e ineficaz como unidades descoordinadas aisladas y desperdigadas. El error político consistiría en que un comando centralizado desalentaría las iniciativas regionales e individuales; además, engendraría un aparato militar aplastante y una tendencia a considerar al centro de mando especializado como infalible. Como consecuencia, el ejército centralizado tendría muchas probabilidades de dejar de ser «revolucionario», para convertirse en una herramienta de la reacción, tal cual había ocurrido con el Ejército Rojo. Si las masas pierden la iniciativa de su accionar, nada puede reemplazarlas. Ningún ejército, aparato o Cheka -como es la concepción bolchevique- salvarán a la revolución de los complots de la burguesía, si el pueblo en armas autoorganizado fracasa.

Finalmente las críticas se enfocaron sobre las formas y el rol que debía asumir la organización anarquista. La Plataforma proponía acabar con las contradicciones teórico-prácticas, con la incoherencia ideológica y la dispersión organizativa que percibía en el movimiento anarquista abrazando la unidad teórica y la unidad táctica. Esta se lograría acordando aquello que se debía conservar y abandonar de la variedad de ideas anarquistas, reduciendo las «contradicciones teóricas», para conformar una ideología homogénea y coherente. Así se lograría una organización única que excluiría a aquellos que no acordaran con su programa. Pero el plan plataformista de lograr la unidad ideológica y táctica de los anarquistas fracasaría precisamente porque lejos de lograr la unidad, más bien generaría relaciones hostiles con aquellas organizaciones anarquistas que estuviesen en discrepancia. En lugar de producirse la unidad y el entendimiento, prevalecerían la discordia y el enfrentamiento. Y entonces fracasaría el propósito principal de la Plataforma, que consistía en conformar una organización que agrupara a todos los anarquistas sobre una misma base: continuarían existiendo no una sino varias organizaciones.

Una organización que pretendiera ser tomada seriamente debería prestar atención a definir su rol y sus objetivos con claridad.
Según la Plataforma, el rol de la organización específica es el de dirigir a las masas. «Yuxtaponer el término dirigir con el adverbio ideológicamente no cambia sustancialmente la posición de los autores de la Plataforma, porque conciben a la organización como un partido disciplinado. Rechazamos cualquier pensamiento de que los anarquistas deban dirigir a las masas».

Los autores de la Respuesta señalaban además una contradicción flagrante. Si bien las concepciones de la Plataforma se asemejan a las de cualquier partido político, es decir, la presencia de un comité ejecutivo centralizado que asume la dirección ideológica y táctica, «al mismo tiempo afirma su fe en el principio federativo, lo cual está en absoluta contradicción con las ideas citadas previamente» ya que el federalismo significa autonomía en las bases, los grupos locales y regionales. Mientras se exalta la necesidad del centralismo, la disciplina partidaria, el rol directivo sobre las masas, la unidad teórica y táctica delineada por un comité y la necesidad de un ejército centralizado, se invoca al federalismo para conjurar el fantasma de la centralización. Como señalaron Volin y compañía, los autores de la Plataforma «están apenas a un paso del bolchevismo, un paso que no se atrevieron a dar.