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jornadas educación zaragalla

Unas nuevas jornadas , en este caso, entorno a la educación y la escuela se celebrarán los próximos 16, 17 y 18 de Noviembre en el CSA Zaragalla (Paseo pisones 19).

Donde nos invitan a abrir el debate y la reflexión sobre el sistema educativo.

“REFLEXIONES SOBRE LA ESCUELA”

  1. 16 noviembre: charla-debate proyecto wayra (proyecto de educación libre) 19:30 cenador vegano 21:30
  2. 17 noviembre: charla-debate ¿la educación en peligro? E. Martí­nez Reguera 17:30

  3. 18 noviembre: charla: en la fila de atrás publicación reflexiva sobre educación 18:00

3 Comentarios para “Jornadas sobre la escuela en CSA Zaragalla”

  1. pacopotamo

    en el cartel y en las explicaciones de abajo el dia 17 y el dia 18 estan cambiados. Si no entendiendo mal es como estan explicadas en el cartel??? no es asi???

  2. robertin

    A Agustí­n se le apreciaba por lo mucho que tení­a y por lo mucho que no tení­a. Por lo que era y por lo que no era. Tení­a dones y talentos fuera de lo común, tení­a una erudición monumental y tení­a –es fácil deducirloenergí­a y vitalidad sin medida. Mucho se ha dicho a estas alturas al respecto, y si por un lado alegra ver que se le reconoce como maestro en tantas artes, espeluzna por el otro comprobar con qué diligencia se pone la muerte manos a la obra para cerrar la contradicción y dejarlo convertido en una realidad, en un autor, en un nombre de la cultura. Porque si sólo fuera por lo que tení­a, por lo que era (sus dones, sus talentos, su erudición), Agustí­n no habrí­a sido más que eso, un reputado y reconocido nombre de la cultura. Otro más.

    Pero Agustí­n tení­a además otra cosa. Algo indefinible, algo que se le escapa por completo a la cultura, a la inteligencia o la razón convertidas en dinero, pero que mucha gente hemos apreciado especialmente. Y ese algo era algo negativo; ese algo era lo que no tení­a, lo que no era, lo que le faltaba: ese algo era que no se lo creí­a. No se creí­a, o no se acababa de creer, que todo eso fuera suyo, que todo eso fuera una propiedad o un privilegio personal. No es que fuese generoso y quisiera compartir lo suyo con los demás; no, sino que no podí­a creer, o no del todo, o mucho menos de lo que es norma, en la propiedad personal de los dones. Rizando el rizo, claro está, esa falta de creencia se le podrí­a atribuir a su vez como un rasgo personal suyo: como una de sus peculiaridades tí­picas, como una extravagancia o idiosincrasia suya. Aquí­ está la discusión, o estarí­a si no se silenciasen, como suelen, las verdaderas discusiones. Porque está claro que para la cultura (esto es, para el dinero) la idea de autor, la firma personal, la propiedad intelectual es dogma: pues sólo previamente reducida a propiedad personal puede venderse la inteligencia. Razón por la cual Agustí­n no se cansó de repetir que si habí­a algo bueno en sus libros, o si acertaba a decir algo inteligente o razonable en sus charlas, no era a él a quien habí­a que atribuí­rselo, sino a la inspiración que le vení­a del común de la gente; y que lo malo que allí­ hubiera era lo solo suyo. Es por eso que mucha gente encontrábamos, y encontramos, algo en sus libritos –a veces, libracosque no solemos encontrar ni por asomo en la mayorí­a de los libros. Algo particularmente vivo, inteligente y gracioso, virtudes que en el mundo de la cultura ya vemos que no por casualidad, y en contra de lo que se proclama sin pararno es que abunden precisamente. A cada paso se topa uno con autores que hablan de sí­ mismos como creadores, y de esas cosas tan especiales que hacen supuestamente ellos solitos, pues de ellos mismos y de su sola creatividad les viene todo. (Y debe de ser verdad, pero más verdad de lo que se creen y no en el sentido en que se lo creen, vista la poca gracia, el mucho embrollo y el aburrimiento insufrible que hay que padecer en los productos habituales de la filosofí­a, la literatura, el arte o el cine.) En cambio, Agustí­n se encomendaba a la inspiración del pueblo, de la razón común, de lo de abajo. Llámesele como se quiera, con tal de que se entienda que apuntaba a algo que era lo contrario de él mismo; no algo especial suyo, sino común a todos. Pero claro, es casi una fatalidad, viviendo en el mundo en que vivimos, que esta manera de razonar se reciba y se entienda como la mera filosofí­a atí­pica y fuera de tono si se quiere, pero personal e intransferiblede Garcí­a Calvo.

    Fatalidad que alcanza también al otro lado, al lado de quienes decimos que hemos encontrado en sus libros algo bueno, algo de lo que se estaba pidiendo (lo que pedí­a no alguien en particular ni tampoco la mayorí­a, sino la gente, la gente sin más), y que es precisamente por eso por lo que te toca en lo más hondo: resultará que esos sentimientos no son más que el gusto personal de cada cual, tan respetable como el de cualquiera, incluso aunque no coincida con el de la mayorí­a. Y eso será todo, ¿no? Pues… ya veremos a ver, ya veremos a ver. De momento, algunos seguiremos usando y disfrutando de sus libritos y de sus libracos, no tanto por lo que tienen, sino por lo que no tienen. Y aun no habiéndolo tratado personalmente, seguiremos recordando a Agustí­n, no por lo que era (que era mucho), sino por lo que no era, que es lo que de verdad sigue siendo: un milagro de razón, de razón común.

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