Publicado por DV & archivado en Burgos.

feriaCon motivo de la V Feria del Libro Anarquista de Madrid, la organización de tal evento ha considerado oportuno habilitar un espacio y un tiempo para realizar una puesta en común de este texto, entre todos aquellos compañeros que lo deseen, para su discusión. Para ello, ponemos a disposición de quien lo estime necesario este documento con carácter previo.

Este texto está pensado, en un principio, como un documento de trabajo para ser discutido y/o aportado a un debate que consideramos necesario. Nos referimos a la casi ausencia de una mí­nima impugnación teórica de las bases ideológicas y las tácticas del llamado Movimiento contra la Precariedad y por una Vivienda Digna, en relación a los fines de éste, desde una perspectiva libertaria. Y ello por cuanto nos encontramos con la lucha que ha capitalizado, en el terreno de la izquierda, el debate social en el año 2007.

Con este texto no pretendemos, en absoluto, sentar cátedra. Por supuesto, esta no es la postura del anarquismo, sino tan sólo nuestra particular visión sobre este asunto fruto de distintas reuniones y conversaciones acaecidas en los últimos meses. No obstante, ojalá estimule e inspire a otros compañeros que, muy posiblemente, se hayan situado cercanos a nuestras coordenadas polí­ticas, aún sin haberlas todaví­a expresado. Lejos de dar por hecho nuestra postura, creemos urgente el avance de una crí­tica critica que, sin miedo pero sin prisas, se manifieste con suficiente claridad en temas tan importantes como éste, el cual no es otro que la visualización cruda y cotidiana de lo que viene siendo un progresivo empobrecimiento de la vida.

Cartel v de vivienda

No vas a tener vida en tu puta casa
Una crí­tica al Movimiento contra la Precariedad y por una Vivienda Digna

“¿Por qué es absurdo quejarse? Quejarse significa hacer preguntas y esperar a que llegue la respuesta. Mas las preguntas que no se responden a sí­ mismas en el momento de surgir no son respondidas jamás. No hay distancias que superar. De ahí­ que sean absurdos el preguntar y el esperar.” (Franz Kafka)

1.- Introducción: discutiendo “sobre el terreno”.

En los últimos meses se han llevado a cabo en todo el Estado diferentes movilizaciones para “denunciar las dificultades que existen a la hora de acceder a una vivienda digna” (de aquí­ en adelante, haremos uso de distintas citas y comunicados escritos por el propio Movimiento contra la Precariedad y por una Vivienda Digna que señalaremos mediante entrecomillados). No pretendemos realizar aquí­ un estudio detallado de las causas de este problema y de los numerosos factores que intervienen en la cuestión, factores de carácter económico fundamentalmente, pero en absoluto los únicos. No es que no nos interesen, todo lo contrario. Pero creemos que también es urgente y necesario realizar una crí­tica del movimiento que ha surgido a partir de esta cuestión. Se puede y se debe criticar muy duramente el planteamiento teórico y práctico que se ha impuesto y que ha reducido todo a una cuestión de peticiones y reclamaciones de “derechos constitucionales”. Con ello, y ya lo podemos adelantar, toda acción queda limitada por su propio carácter de instrumento de presión, pues el objetivo es únicamente “ser escuchados” por las instituciones en una concertación que ya, a priori, se presenta como falsa, toda vez que no se hace a partir de un espacio o lugar común de discución entre iguales. Es, por tanto, un diálogo con el poder y ese diálogo no hace sino legimitar ese poder y reforzarlo.

El derecho a la vivienda pasa a ser una aspiración reconvertida en derecho básico y este enunciado desvela cuál es su verdadero protagonista: el Estado presentado como un ser malvado, es ahora benefactor. El Estado –el propio sistema que ha usurpado toda posibilidad a causa de la carestí­a, la apropiación masiva del suelo y la exclusión social– es quien otorga y sanciona, quien tiene la primera y última palabra. Es una cuestión de control, de quién lo ejerce y de quién, por supuesto, termina por imponerse en cada momento histórico. Más concretamente, el Estado no otorga en su sentido estricto por cuanto el derecho a una polí­tica social orientada a hacer posible el derecho a la vivienda está recogida constitucionalmente, sino que lo que hace es reactivar aquello que hasta entonces era tan sólo algo virtual. De pronto, la legalidad se cumple. Pero, ¿y antes? ¿Cómo se podrí­a calificar esta situación? Y en esta época histórica, los propietarios no se impondrán por la fuerza de las armas, sino por desarmar a esa fuerza: integrándola. Pero antes ni tan siquiera deberán alcanzar un acuerdo con el Estado, porque ellos son la economí­a, ellos son el Estado, no como una abstracción, sino como una auténtica realidad.

En la cuestión de la vivienda convergen muchas de las razones que nos llevan a impugnar el capitalismo y la organización de la vida que impone y que supedita ésta a criterios ajenos en los que los individuos y la colectividad –entendiendo ésta como comunidad, como gente que comparte un espacio común– no tienen nada que decir y deben tragar con todo, aunque vaya en contra de sus intereses, sus deseos e incluso su propia vida, en beneficio de un supuesto bien superior –la economí­a, el Estado, el progreso–. Esta lucha es de una importancia vital, pues «apunta al centro del sistema» y «si eliminan los escollos ecologistas y ciudadanistas que las contaminan pueden crear el terreno propicio para la unificación de reivindicaciones particulares y universales y desde allí­ impulsar formas de vida no consumistas y asentar una nueva conciencia de clase» (Miguel Amorós: “A mis amigos rusos y polacos”).

2.- El derecho a la ciudad.

El derecho a la vivienda esconde una pretensión más necesaria; aquella que incide en un malestar generalizado y anticivilizatorio: el derecho a la ciudad. Organizando la vida en cubí­culos de treinta o cien metros –da igual– la ciudad se nos niega porque es el reflejo de un modelo que debe ser barrido por completo. Construyendo una vida que nos traslada del trabajo a la casa y de la casa al trabajo, o del trabajo al ocio alienante, no quedan espacios para la vida en esta ciudad, salvo que se subvierta la cartografí­a. Esta subversión de la vida no pasa por un urgente cambio de decorado, sino por un contexto de radicalidad tal que no permita mirar hacia atrás. Lo insoportable ya empieza a ser percibido cada vez más por mayor número de gente, porque cuando tengan sus medios derechos, tendrán entonces su media vida y, por consiguiente, su media felicidad, abandonando el resto, lo más importante, aquello sin cuya existencia nada podrá ser pleno. Comprobarán entonces, desilusionados, que el resentimiento hacia la clase media o hacia los propietarios, no elimina la alienación del mundo moderno. El problema, por tanto, no es –o no sólo es– que no podamos acceder a una vivienda “digna” porque los precios son prohibitivos y nuestros sueldos paupérrimos, sino que hay que ir más allá y plantear si se puede tener una vida digna en el marco de esta ciudad, espectacular y ajena. Al parcelizarse y reducir todo el problema a una cuestión meramente económica, de simple acceso a viviendas más baratas, esta lucha se pone una venda en los ojos y evita ir más allá, se limita a sí­ misma, puesto que no se puede plantear seria y radicalmente la cuestión de la vivienda sin criticar las bases mismas sobre las que se asienta la propia ciudad, el urbanismo y la vida cotidiana que se desarrolla en su marco. Y esta crí­tica no es sino la crí­tica del capitalismo.

El control policiaco se ejerce de una forma absoluta: control del espacio de la ciudad, control del espacio de existencia, control de lo polí­tico. En este marco, el capitalismo reproduce su propio espacio de acción: especula con los bienes que ha puesto previamente en circulación al fluir la necesidad de la vivienda con un valor de cambio concreto. La vivienda, entonces, no es la infraestructura natural de los seres humanos para su supervivencia, sino es la desposesión última de la existencia alienada. Todo es mercancí­a. Nos han quitado no sólo el sueño sino los sueños. La vivienda, igual que un televisor, cotiza porque fluye dentro de una estructura. Habrá que derribar esa estructura.

“¿Cuál es para el poder, desde hace un siglo, la esencia de la ciudad? Es fermento, cargado de actividades sospechosas, de delincuencias; es hogar de agitación. El poder estatal y los grandes intereses económicos difí­cilmente pueden concebir estrategia mejor que la de desvalorizar, degradar, destruir la sociedad urbana.” (Henri Lefebvre)

La ciudad siempre ha sido un lugar sospechoso para el poder: en ella habitan todos los deseos y se hallan los momentos y lugares privilegiados para gozar de lo lúdico; en sus calles se podí­a encontrar hasta hace muy poco ese sentimiento de pertenencia a un “lugar” y de auténtica comunidad que fue siempre el germen de resistencias y revoluciones; en la ciudad la normalidad se disuelve y las conductas “desviadas” encuentran un lugar privilegiado para realizarse en el seno de la masa anónima; y era también en la ciudad donde cabí­a esperar lo imprevisible, lo “mágico”, lo desconcertante, aquello que podí­a trastocar la vida y cambiarla. Es por ello que una de las principales estrategias del poder haya sido siempre controlar la ciudad, destruir su tejido social por medio de la separación absoluta entre las personas que viven en ella y entre éstas y los lugares que habitan, en definitiva, convertir la ciudad en un no-lugar estéril, vací­o y previsible donde nada puede ni debe ocurrir.

Así­, dí­a a dí­a contemplamos como la ciudad es destruida de forma acelerada, desintegrándose los pocos fragmentos que aún quedan de solidaridad, de comunidad, de vida compartida y disfrutada en sus calles y barrios. Mientras, una vasta operación de camuflaje trata de hacer pasar la continuación de la degradación de las condiciones de vida y la expansión del miserabilismo a todos los rincones por un mejoramiento de nuestras vidas. Polí­ticos, constructores, empresarios, técnicos, arquitectos, periodistas, burócratas y también –y cómo no– el partido del Estado, “los ciudadanistas” todos trabajan por un mismo fin: tratar de convencernos de que la destrucción que se lleva a cabo en la ciudad con el fin de acabar con cualquier rastro de vida libre es, además de inevitable, ventajosa para nuestras vidas. Si renunciamos a nuestros sueños y deseos de felicidad y nos prestamos a colaborar, podremos aspirar a gozar de una vida cómoda y segura en la nueva ciudad de la imagen, la tecnologí­a, el ocio y las comunicaciones.

¿Qué es lo que nos ofrecen? Nuevas infraestructuras que nos permitirán llegar más rápido a los centros de trabajo donde nos dejamos la vida, a menudo literalmente. Nuevas alternativas de ocio donde pasar el poco tiempo libre que nos dejan realizando actividades pasivas de las que la imaginación, el juego, la alegrí­a, el azar y la amistad han sido desterrados. Nuevos y sofisticados gadgets tecnológicos sin los que –nos dicen– ya no podemos vivir, pero que, lejos de haber mejorado nuestras vidas, las han empobrecido haciéndolas más aburridas y predecibles. Nuevas formas de comunicación que sólo contribuyen a aislarnos más, a separarnos –aunque afirmen lo contrario– de aquellos y aquellas a quienes amamos. Ni siquiera nuestros hogares son ya un refugio.

Se ha dicho de nuestra época que una de las caracterí­sticas que mejor la definen es que el tiempo de ocio y el de trabajo se han asimilado, haciéndose equiparables: «Cuando trabajo y esparcimiento se asemejan cada vez más en su estructura, más estrictamente se los separa mediante invisibles lí­neas de demarcación. De ambos han sido excluidos el placer y el espí­ritu. En uno como en otro imperan la gravedad animal y la pseudoactividad.» (Theodor W. Adorno: Minima moralia. Reflexiones desde la vida dañada). Lo mismo puede decirse del espacio: la casa cada vez se asemeja más a la oficina. El espacio doméstico es cada vez más frí­o e impersonal. El mobiliario de diseño a bajo coste –tipo Ikea– que se ha impuesto reproduce la asepsia, la uniformidad e impersonalidad de la oficina; no sólo no dice nada de la persona que allí­ vive, sino que su carácter “intercambiable” con el mobiliario de cualquier otra casa e incluso con el de la oficina, la sala de espera del médico o la sede de Hacienda es en sí­ mismo un indicativo de la época en la que vivimos, parece querer decirnos que no importa dónde se esté ni lo que se haga, pues ya todo es lo mismo. Los innumerables gadgets y aparatos tecnológicos que llenan la casa son, por un lado, otro efecto de la asimilación del hogar con el lugar de trabajo –ambos saturados de tecnologí­a y vací­os de humanidad, de sensibilidad, de belleza– y, por el otro, del nuevo ocio, solitario, aislado de los demás y del entorno, en una palabra: autista; se da así­ la curiosa paradoja del oficinista que llega a casa cansado de pasar ocho horas delante del ordenador y enchufa la pantalla de su ordenador “personal” para pasar otras ocho horas conectado, eso sí­, ahora disfrutando de su tiempo de ocio.

A lo largo del siglo XX hemos visto cómo la arquitectura del espacio doméstico cambiaba poco a poco, adaptándose a las necesidades e intereses de los poderes que rigen la sociedad y transformando sutil y silenciosamente, pero de forma drástica, las costumbres y los medios de relacionarse y de comunicarse en el marco de la ciudad y de la casa. El situacionista Ivan Chtcheglov decí­a que la «arquitectura es el modo más simple de articular el tiempo y el espacio, de modular la realidad, de engendrar sueños.» (“Formulario para un nuevo urbanismo”, Internationale Situationniste, 1). Como casi siempre, a los situacionistas les entendieron mejor sus enemigos que sus potenciales partidarios. La arquitectura de los últimos años del siglo XX tuvo como su más alta pretensión, efectivamente, la de articular el tiempo y modular la realidad, pero no para engendrar sueños, sino para desarrollar al máximo la pesadilla de la sociedad del consumo, de la separación, de la incomunicación, de la soledad y la desconfianza. Basta desplazarse a cualquier barrio residencial de las afueras para comprobarlo, cada casa es igual a todas las demás pero aspira a ser diferente. Allí­ se respira el miedo, el resentimiento y el desprecio hacia el vecino de al lado y por eso se levantan imponentes verjas para distanciarse aún más: tú en tu casa y yo en la mí­a y Dios –no el cristiano, sino el de esa nueva religión que es el consumo– en la de todos.

Poco a poco se ha desarrollado un doble proceso en las viviendas. Por un lado se observa una bunkerización del espacio. Hay que aislarse del exterior, de la calle –y de las gentes que la recorren–, porque allí­ se encuentra lo impredecible, lo peligroso, lo ingrato, «nada bueno acontece en la calle, al sol; en la época del fascismo la puerta abierta, la ventana de grandes dimensiones son algo amenazador, y la casa ha de convertirse, de nuevo, en fortaleza, cuando no en catacumba.» (Ernst Bloch: El principio esperanza, 2). Hay que aislarse de los demás porque, como a diario se afirma desde los medios de comunicación, nos quieren robar, violar o asesinar, la calle es un lugar a temer, no un lugar a descubrir, a reivindicar, a tomar y hacer nuestro. Por otro lado, el aislamiento se debe compensar con el desarrollo de infraestructuras que hagan sentir que existe un “exterior agradable”. Así­, se añaden elementos y adornos que tratan de disimular, a menudo ostentosamente, la fealdad y la degradación de todos los sentidos que imponen las nuevas construcciones y, sobre todo, la pauperización de la experiencia, de la comunicación y de la sensibilidad. Junto a cada nueva urbanización se crean parques artificiales en los que todo queda regulado al minuto, desde la hora de riego hasta la de cierre. Pero sobre todo proliferan los centros de ocio y de consumo. Allí­ sí­ impera la seguridad y el orden, ofreciendo una diversión sin preocupaciones, aislada y por ello mismo ajena a cualquier perturbación, vací­a de experiencias, de emociones y de sentimientos que no sean los que se nos ofrecen a precio de ganga. Se desarrolla así­ el sueño fourieriano que preveí­a calles cerradas al exterior, pero sin su dimensión utópica, social, quedando sólo el aislamiento y la inmersión en la mercancí­a.

La casa deja de ser un lugar í­ntimo y propio, en el que descansar, en el que vivir, y se convierte en un espacio tan ajeno como nuestro lugar de trabajo, es por ello que a la mí­nima ocasión huimos de ella, tratamos de pasar el menor tiempo posible entre sus paredes y el poco tiempo que se pasa en ella se rellena con la televisión y el DVD como si nada más se pudiera hacer en ella, y quizás sea así­. Pero, la calle tampoco nos pertenece, si no estás en la oficina y no quieres estar en tu casa ¡consume!, nos dicen. La ciudad se transforma y se convierte en un gigantesco parque temático dividido en diferentes ambientes: centros de ocio, centro monumental, zonas comerciales. Todo debe tener su precio y su función bien delimitada. La calle es un lugar de tránsito y no un espacio vivo a descubrir y en el que intervenir. El que sólo pasea por la ciudad se convierte en sospechoso.

“Viví­s en colmenas tapizadas.
Soñáis con un sólido futuro.
¡Escoria, vuestro futuro es!”
(RIP)

3.- Desprogramando el Programa de los Precarios.

La lucha por una “vivienda digna” lejos de plantear la cuestión en un sentido amplio y, por ello mismo, profundo y radical, se ha limitado a la reivindicación de un supuesto derecho constitucional a una vivienda, tomando así­ un carácter mendicante. Se pide a papá Estado que nos defienda de los malos empresarios, de los especuladores y de los polí­ticos corruptos. Se le hace así­ el juego a quienes crean el problema, que no son otros que los mismos poderes a los que se acude a pedir ayuda. Esto no es sino un reflejo de profunda inocencia e ignorancia –y hay que ser muy inocente o muy ignorante para creer todaví­a en esos cuentos de hadas del Estado benefactor y de la izquierda que combate los “abusos” del sistema– o, mucho peor, de un oportunismo y un politiqueo miserables, que es en el fondo la estrategia de la gran mayorí­a de los movimientos ciudadanistas, siempre prestos a pactar y colaborar con el poder a cambio de cuatro prebendas, desmovilizando, desmoralizando y –si es necesario– denunciando y colaborando en la represión de aquellos que se mantienen firmes en la lucha.

Los ciudadanistas no son sino la elite del futuro, son los polí­ticos, empresarios y profesionales del mañana y si se lanzan a las calles hoy no es, desde luego, para impugnar este sistema –más allá de lemas vací­os, como un reciente lema exhibido en una de estas protestas cuya postura pedigueña no tení­a parangón: “derecho a techo a justo precio”– sino porque quieren tener ahora lo que les han prometido en el futuro, es decir, quieren el capitalismo, eso sí­, sin sus inconvenientes, sin pasar por los años de becario y por los contratos temporales, quieren la “prosperidad” de sus padres, de sus jefes, de sus profesores de universidad. El precario seguirá siendo precario, porque mantiene la ilusión de que “la mercantilización y la privatización de las empresas y servicios públicos restringen nuestra ciudadaní­a y participación democrática a la de meros consumidores”, sin que considere que el control estatal (no privado) tampoco nos librará del terrible peso de la supresión del sujeto, de la alienación, del consumo. No se cuestionan realmente este sistema y, por supuesto, no quieren que nadie lo haga, puesto que eso serí­a cuestionar su futuro, por eso imponen el Estado, el diálogo con los poderes, la reforma como la única respuesta. «En todas partes del mundo donde los pobres sin cualidades se rebelan contra su condición y la toman concretamente con la miseria, el reformismo debe hacer de ésta una fatalidad y de la agravación de la opresión social un problema polí­tico. Su finalidad es imponer el Estado como la respuesta a esta fatalidad; dicho de otro modo, que las aspiraciones sociales de los pobres vayan a buscar su realización en el Estado. ¡Fuera del Estado, no hay salvación!» (Os Cangaceiros. “¿Cómo se puede pensar libremente a la sombra de una universidad?”). Pero, para aquellos que no tienen nada y, por tanto, a nada pueden aspirar más que a no morirse de asco, se hace evidente que las instituciones, ya sean estatales, autonómicas o locales, los partidos y movimientos ciudadanistas jamás van a resolver nada, porque ellos son el problema, son los que crean las condiciones que hacen invivible la vida en la ciudad. La falta de vivienda sólo es un elemento más dentro de la supresión de toda forma de vida digna.

Deslegitimada toda forma de acción polí­tica desde el Partido, los propios izquierdistas se han dado cuenta de que la estrategia debe ser otra. Para aquellos que aún siguen creyendo en la vieja cantinela leninista –sin haber perdido la fe en un Partido como vanguardia del proletariado y revistiéndose con nuevos ropajes teóricos– se trata ahora de presentarse como dinamizadores de las luchas allá donde acontecen: en los barrios, en algunos centros de trabajo, en ciertos espacios de las ciudades, en las reuniones antiglobalización, etc. El trabajo está todo, aún, por hacer, sin duda. No obstante, tal intención es falsa porque su mimbrete de plataforma o movimiento social no ha renunciado, ni lo desea, a captar ese descontendo, esa ira difusa, hacia el rédito polí­tico. Hacen carrera en las asambleas, para luego engordar partidos que se presenten como portavoces de los movimientos. Este juego de manos, aunque de una manera farragosa y bajo luchas internas, ya lo vivió Izquierda Unida en el Estado español. Y fracasó. Prentendió ser la punta de lanza de algo que ya no creí­a en el parlamentarismo como acción polí­tica. Hoy su bancarrota es clara. Sus sucesores, nacidos de las ruinas de ese mismo proyecto, tratan de adelantarle por la izquierda, pero no siguen sino la misma estrategia, adaptada a los nuevos tiempos, a las nuevas luchas, pero en lo esencial no muy distinta de la estrategia bien conocida y de la que la historia nos ofrece numerosos ejemplos.

¿Qué queda por hacer, entonces, se preguntan los charlatanes de la izquierda? Resucitar una nueva manera de crear dirigentes sin partido, o dirigentes de facto que acudirán al Partido cuando todo se venga abajo. Pero una vez “matado al padre”, y pasada la resaca, acuden a sus rodillas, arrepentidos. El nuevo Partido Comunista, el “nuevo comunismo” representado por los ciudadanistas y su “movimiento de movimientos”, ha tomado la asamblea y ha hecho de la acción directa y la desobediencia civil su campo de batalla. Desea ser movimiento, sin que haya creado ese movimiento. Se suma, simplemente, cuando ya el tren está en marcha y su único objetivo es dirigirlo y frenarlo en la estación que mejor le convenga. Y en este tránsito ha despreciado, con frecuencia, al anarquismo, aunque se ha beneficiado de su “antiprograma”, convirtiéndolo en un mero gesto, en un puñetazo lanzado al aire que no quiere, ni puede, ni debe tumbar al adversario.

El juego de manos de los lí­deres precarios es el propio de esta moderidad que considera toda idea como anticuada con la misma velocidad con la que trata a los productos culturales. Así­, esta alquimia precaria ha convertido a su forma de lucha en un movimiento que se dice actual y contemporáneo, esto es, útil, pero sobre todo realista. Cualquier negación de su discurso es presentado como obra de utópicos, anárquicos, vándalos y salvajes que no saben ni desean trabajar polí­ticamente. En última instancia, son fatalistas. La misma pesada condescendencia y arrogancia, el mismo optimismo. Para nosotros: lo oscuro, la más ingenua de las utopias, lo violento. Todo aquello que permanece fuera de este marco (su marco), situado tan sólo a la izquierda de lo institucional, es tratado con la misma aterradora desidia y el cansino rechazo.

4.- Tácticas precarias.

En esta época de pragmatismo a ultranza la utopí­a ha sido casi erradicada, parece como si nos hubiesen extirpado la capacidad de soñar. Esto al menos es lo que se aprecia al contemplar movimientos como el de una vivienda digna, que han asumido el pragmatismo y el conformismo mezquino que impone el poder. Los ciudadanistas y las corrientes izquierdistas nos dicen: conformémonos, aspiremos a tener una casita, un trabajo en el que no nos exploten demasiado y un parquecito por el que poder pasear y respirar algo parecido a aire puro. Son incapaces de imaginar que las cosas puedan ser distintas, son incapaces de aspirar a algo más y, por eso, son los mejores aliados de aquellos que imponen esta realidad como la única posible. Su conformismo llega hasta el punto de no rechazar el uso de, por ejemplo, la contratación temporal generalizada, sino sólo su “abuso”. Aminora, dulcifica, sirve de amortiguador. El precario desea cambiar la morfologí­a última de ese capitalismo que, igual que lo niega a él –como individuo, pero también como consumidor–, es quien le salvará. En el fondo, se trata de desentrañar la esperanza de un rostro humano bajo la barbarie.

“Por eso esta vez nos van a oí­r, al término de esta manifestación por la vivienda digna, gritaremos “… en la puta vida!!” más alto que nunca, cuando supervivienda nos de la entrada” (Asamblea contra la Precariedad y por la Vivienda Digna)

Jamás el movimiento por una vivienda digna rebasará sus lí­mites, unos lí­mites que son los del sabotaje, la huelga salvaje de alquileres y la denuncia de la represión. Si lo hacen es de manera tí­mida, sin pretender desenmascarar cómo funcionan los aparatos represivos. ¿Cómo se traduce esto en un programa que se presenta en su forma pública revestido de un presunto aire de radicalidad? Afirmando que “estamos aquí­ no sólo para denunciar la escasez, deficiencia y mercantilización de las soluciones propuestas por las instituciones públicas al problema de la vivienda, sino para intervenir y participar en dichas soluciones”, esto es, gestionar y mediar la precariedad, reconociendo a sus interlocutores –la Administración que, pese a todo, es quien debe dar y conceder–. Este movimiento se expresa en el sinsentido de “abrir un proceso colectivo de intervención y participación en el diagnóstico, elaboración y ejecución de las polí­ticas públicas de vivienda”, pero: ¿cómo se articulará esa pretendida participación entre no iguales, entre poseedores y desposeí­dos? Ni tan siquiera ellos lo saben, ante lo cual su reivindicación es, por supuesto, trasladada al programa polí­tico oportunista de la izquierda parlamentaria y de una derecha que, siguiendo el modelo europeo, se distingue por un amplio paquete de medidas “sociales”. Han tomado nota tras ser espectadores de aquellos terremotos que vendrán. Nunca unos partidos habí­an contado con tan buenos asesores “sobre el terreno”, unos asesores y agentes sociales de la precariedad que hasta llegan a plantear, en su programa, “recuperar la existencia de una banca pública”. Ignoramos a que momento histórico pretenden retrotraer la historia –¿la República?–, pero con tal iniciativa puede verse claramente de qué tipo de cambios estamos hablando, toda vez que esa llamada “Banca Pública” deberá contar con, según los precarios, un “acceso más asequible a la financiación”, es decir, créditos blandos, planes a medida. Y, por supuesto, que ofrezca “criterios sociales a su gestión” (Obras Sociales).

La democracia necesita la disidencia, igual que el jefe necesita a quien ordenar. La fuerza de la bota no garantiza la estabilidad de un sistema injusto. El totalitarismo, llegado el caso, es tan sólo un momento –el más crudo– del despliegue de ese poder. Lo contemporáneo pasa por hablar de algo y hacer lo contrario. La clave está en superar sus propios lí­mites hacia delante y hacia dentro también. Los disidentes deben superar sus propias dinámicas, deben apuntar más alto. Y ello no puede ser más que superando las fórmulas de estar en el mundo, del control de sus propias vidas. Ese “tomar las instituciones públicas para democratizarlas” es el último aliento que le queda a un modelo democrático que ahora debe ser más democrático aún, de un liberalismo social y de una nueva izquierda populista.
“Supervivienda” y el coro de replicantes ha encontrado la receta: mesas de participación. Eso sí­, reconocen que “el problema no era, ni es, de una persona” (la Ministra Trujillo), sino de “un cambio en las polí­ticas públicas de vivienda”. Ante un cambio de cartera polí­tica admiten un “el tiempo dirᔝ a su desconfianza ante la Administración. Por supuesto: la izquierda siempre debe desconfiar. Cada parte asume su papel. Por un lado, polí­ticos estáticos que poco a poco acceden a ciertas pretensiones por parte de los precarios. Por otro lado, unos precarios que cada vez encuentran más lugares comunes con un sector de la izquierda parlamentaria. En el fondo, el escenario es tan previsible como conveniente para unos y otros. El problema no es la comunicación con cualquier sector social, sino cuáles son las bases sobre las que ese diálogo parte. Si se trata de un pliego de cargos, una exigencia que será impuesta por medio de una fuerza popular que deberá irse articulando y creciendo, o de un programa de mí­nimos, de una concertación, es decir, de una negociación. No obstante, sobre esa mesa de “participación pública” hay un elemento que jamás será discutido: el imposible que es el exigir que la vivienda sea un derecho y no un negocio, admitiendo al mismo tiempo que sea la Administración quien gestione una polí­tica de la vivienda. De nuevo, el Partido Comunista (refundado) del ejército precario define el rostro de esa nueva Administración: Ministros y Ministras “solidarios/as” que deben aplicar una de las medidas propuestas por los precarios y que se expresa en la bajeza de exigir “un fuerte impuesto fiscal” sobre las viviendas vací­as, eso sí­, sólo “en aquellas zonas con necesidad urgente de vivienda”. El nuevo Partido ha inaugurado una nueva forma de entender la economí­a social por medio del gravamen hacia los propietarios, los cuales deben seguir siendo, claro está, propietarios, ya que tan sólo se les pide “abaratar el suelo para uso social”. Los propietarios reducen sus beneficios, consagrando una injusticia social menor y la carestí­a para aquellos que ni tan siquiera integran el sector mileurista. De esta manera, los precarios estarán satisfechos por fin, ahora que pueden acceder a ser clase media y los propietarios duermen tranquilos sin que los perros ladren, porque han llegado a un acuerdo con los sectores sociales más desfavorecidos. El programa de los precarios está cortado y medido para responder a las necesidades apremiantes de un sector social integrado por estudiantes, trabajadores en precario e inmigrantes con permiso de trabajo. Es por eso que no resulta caprichoso el hecho de que el discurso de los precarios esté dirigido hacia éstos. Es decir, hablan para sí­ mismos; su colorido ejército de precarios está compuesto por jóvenes no emancipados o por emancipados que sienten que la precarización de sus vidas les acompañara siempre. El resto no importa, parece. El urbanismo, más concretamente, el Urbanismo, planteado tal y como existe hoy en dí­a, es la organización funcional de la economí­a respecto a las comunicaciones y desplazamientos. La ciudades desaparecen inexorablemente, «pierden su expresión esencial y lo ambiguo pasa a ocupar en ellas el lugar de lo auténtico» (Walter Benjamin: Dirección única). Con eso queda ya todo dicho. O no. Ya ni tan siquiera se trata de situarse entre el capitalismo o el socialismo. El programa de ese nuevo Partido Comunista es la de un neocapitalismo aún más dañino, porque destruye y recupera una tradición de la rebelión, se apropia de la historia y excluye a nosotros, sus detractores: los utopistas.

“Entonces se reveló entre los crueles, los sanguinarios y los insaciables un gran deseo de vino y de peces.” (Benjamin Péret)

5.- Un epí­logo que debe ser un comienzo.

Pero siempre quedan quienes no se conforman y siguen aspirando a y queriéndolo Todo: una vida libre y digna de ser vivida en la que el placer, el juego, los deseos y las relaciones humanas sean lo que prime. Quizás no sean muchos aquellos que conscientemente aspiran a esto, pero los sí­ntomas de descontento existen, aunque camuflados y aunque intenten ser recuperados –y en caso de no poder serlo denunciados, combatidos y reprimidos– por el Estado y por sus colaboradores. Las revueltas en los suburbios, los disturbios callejeros, el vandalismo, la resistencia y solidaridad espontánea en el metro, los sabotajes en el trabajo no son en sí­ mismas acciones revolucionarias, pero revelan un sentimiento creciente de extrañamiento, una rabia incontenida e incontenible y una insumisión que se creí­a desaparecida pero que sigue existiendo incluso en aquellos que jamás pensarí­amos que pudiese existir. La revuelta en los suburbios franceses ha expresado el colapso de un sistema que se viene abajo, y lo ha hecho de una manera más “didáctica” que el discurso de la mayor parte de la izquierda No se trata de elogiar estos fenómenos sino de ponerlos en perspectiva y de dotarlos de contenido. Los chavales que participan en el botellón tratan de hacer suya la ciudad de la única forma –quizás– en que saben o pueden hacerlo (o como sí­ntoma del ocio alienante defendido por el sistema que luego les reprime); los vecinos que hacen explotar un parquí­metro se rebelan contra otra intromisión –una más– en su barrio y en su bolsillo; los banlieusards que incendian la ciudad lo hacen porque no tienen nada, ni qué hacer, ni qué esperar, y sienten que ni siquiera el lugar en el que viven les pertenece y, al no saber qué hacer para reapropiárselo, la emprenden con lo que tienen más a mano y más ajeno les resulta, a menudo acertando plenamente en sus objetivos –el centro comercial, los coches, las comisarí­as–. Ellos son el futuro, aunque no sean conscientes.
El salto que supone pasar de estas expresiones de insatisfacción –rebelarse en el metro, participar en unos disturbios o volar un parquí­metro– a impugnarlo todo y negar consciente y radicalmente el capitalismo y su forma de vida es gigantesco, es cierto, pero a pesar de todo todaví­a puede darse. El futuro nos dará, sin duda alguna, ciertas claves de hasta donde llegarán los que hoy se rebelan, si superarán a sus propias orgaizaciones o no. Ello implica una mezcla de toma de conciencia y de sucesión de hechos históricos que, a pesar de escapar a todo control o previsión, apuntan hacia una progresiva y aún más dura destrucción de la vida en sus aspectos más í­ntimos. Es por ello que el Estado y sus poderes desarrollan toda una serie de infraestructuras con sus correspondientes técnicos y especialistas de lo “social” para evitar que esto ocurra, que ningún conflicto se salga de sus márgenes y cuestione algo más que sus circunstancias concretas, pactando, cediendo aparentemente pero sólo para hacerse más fuerte, pues desde el momento en el que se acepta su mediación una vez irá a más y tomará nuevas parcelas de la vida bajo su cargo. El poder dialoga con todo el mundo: vecinos descontentos, okupas, ecologistas o jóvenes desencantados. Les ofrece estudiar su problema y, por agotamiento, acaba venciendo, ofreciendo unas migajas a cambio de que vuelvan a meter los pies en el tiesto y se olviden de querer algo más, de desear otra cosa que no sea más de lo mismo.

No hay diálogo de igual a igual con el Estado, no cabe ninguna concesión al poder y no hay colaboración posible con esos enviados especiales a los territorios conflictivos que existen en el corazón del “Mundo Libre.” Sólo cabe organizarse y organizar una alternativa real pero radicalmente utópica y libertaria. “Nacemos, vivimos y morimos en una atmósfera de mentiras” (Artaud) y, por ello, hemos aprendido que no hay compromiso posible, hay que destruirlo todo porque todo está aún por hacer.

Colectivo La Felguera (Comité de Madrid)
noviembre, 2007

 

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