Publicado por DV & archivado en Explotación, Historia.

Imaginen la escena. Un trabajador entra a una fábrica, camina hasta los vestuarios. Una vez allí abre su taquilla, se enfunda en un triste mono gris y posteriormente con una clara amargura en el rostro se dirige a su puesto de trabajo. En la escena no hay logos, ni siglas, no hay letreros, ni rasgos faciales. ¿Podríamos distinguir en qué régimen político y económico vive este trabajador?.

No, claro que no. La diferencia entre un trabajador catalán de los 70 en la fábrica de SEAT en Martorell con la de un ruso en la fábrica de ZIL en Moscú era inexistente y lo fue también en los 80 y los 90 en cualquier lugar del mundo. Los dos trabajadores vivían alienados, eran esclavos modernos y muy comúnmente se sentían animales. El fordismo o el estajanovismo campaban a sus anchas para explotar a los obreros. Hoy la cosa no ha cambiado. Algunos pensadores ya teorizaron sobre ello, de hecho esta moderna paradoja tiene nombre con mayúsculas: “Capitalismo de estado”. Entre dichos pensadores figura a la cabeza Charles Bettelheim, un economista marxista. Pese a que el trabajo asalariado se ha abolido en numerosos regímenes durante la última década, el resultado ha seguido siendo el mismo para la clase trabajadora: “alienación”. Pero para colmo, nuestra infame visión occidental nos ha hecho creer que a día de hoy los chinos están sometidos a condiciones laborales extremas mientras nosotros vivimos en “el país de la piruleta”. Nada más lejos de la realidad, las diferencias laborales entre un chino y un españolito son ante todo culturales.

Por otro lado tanto la Unión Soviética como la República Popular China, pese a ser estados socialistas, han protagonizado los mayores crecimientos económicos de la historia llegando a poner en jaque la hegemonía mundial y amenazando constantemente el bloque liberal en su propio tablero. Tanto es así que hoy son muchos los historiadores que afirman que tras la caída de la Unión Soviética no existieron factores económicos sino que estos fueron una consecuencia. La desestabilización de la Unión Soviética y su posterior caída tubo complejas causas políticas y no económicas, como narra la versión oficial. Los estados socialistas pueden crecer tanto como los estados capitalistas, industrializar y contribuir a la sobre-explotación planetaria como cualquier otro.

No obstante, que este texto no sirva como única crítica tan sólo a los estados socialistas. El grueso de las emisiones de CO2 tiene lugar en los países imperialistas. Al igual que el origen de la esclavitud moderna llamada “trabajo asalariado” que ni tan si quiera se han molestado en intentar cambiar.

La gran renuncia

Con la pandemia llego un fenómeno tan inesperado como alentador. Alentador sobretodo para aquellos que ansiamos la abolición total de trabajo asalariado. La pandemia de COVID-19 hizo que mucha gente se plantease su situación laboral y comenzase a renunciar de sus puestos de trabajo. Esto sucedía en países tan dispares como Estados Unidos, China o Italia teniendo efectos más que notables en muchos de ellos. Las diferencias culturales hacen que no en todos los países la gran renuncia haya tenido las mismas consecuencias. Pero podríamos entender que ha traído una importante reflexión a nivel global, reflexión constante en el movimiento libertario: ¿es nuestra vida una vida que merezca ser vivida?. En el mundo anglosajón, por ejemplo, internet ha catapultado un hilo del famoso portal reddit llamado “Antiwork” y que traducido reza: “Antitrabajo: ¡desempleo para todos no sólo para los ricos!”. Merece mucho la pena ser visitado si manejas mínimamente la lengua de Shakespeare. Por primera vez el debate existencialista de la vida laboral ha saltado del espectro político al espectro social, sin mancharse de simbologías.

Sin embargo, en nuestra sociedad la gran renuncia no ha tenido un impacto considerable, al menos en lo que a abandono laboral se refiere. Muchos apuntan a que no se puede renunciar a algo que no se tiene, adolecemos de un problema estructural que comúnmente se llama paro. Los partidos políticos y la izquierda al completo llevan años cuadrándose ante el trabajo asalariado. Lo máximo a lo que aspiramos de nuestros políticos es ver como lanzan proclamas en torno a la “renta básicade la que ya hablamos en su día.

Tecnificación, inteligencias artificiales y neoludismo

En la actualidad es común encontrar textos y relatos donde los luditas, incipientes movimientos obreros del XIX, son vistos como defensores del trabajador frente a la máquina. Los luditas son descritos como saboteadores de máquinas en defensa de su mano de obra. Sin embargo, este movimiento obrero, que en efecto saboteó maquinaria, no lo hacia para reivindicarse frente a la máquina si no para defender sus condiciones laborales. Al menos así lo afirma Kevin Binfield y otros historiadores que ven en los luditas unos precursores del sindicalismo y desprecian la aversión a las máquinas como un signo característico de este movimiento. En general nuestra sociedad se ha impregnado de esa falsa visión del ludismo, tanto histórica como práctica. La existencia de una máquina es síntoma de desempleo y todo el mundo sabe que el desempleo conlleva pobreza, exclusión social y problemas. Por ese motivo nuestra sociedad es “neoludista”. En general existe un desprecio de la tecnología cuando llegan al mundo laboral, ya que se sustituye personas por máquinas. El problema es que como le pasó al idiota, cuando el dedo apunta a la luna, nos quedamos mirando al dedo.

Algo de lo que no nos damos cuenta es que las tareas, sin apenas excepciones, están amenazadas por las máquinas. Pero no debe afectar en la misma medida a las profesiones. Desde la agricultura a la programación, de la enseñanza a la construcción… Imaginemos una agricultora que no tiene que arar las tierras, su tractor lo hace solo. O a una programadora que no tiene que pasar largas horas codificando algoritmos, si no que tan solo tiene que definir los parámetros para que esa inteligencia artificial lo codifique en segundos, ¿no es fantástico?. Que un nuevo descubrimiento o que una nueva tecnología nos quite una tarea no simboliza que nos quite un trabajo. Sin embargo la realidad, nuestra realidad, implica que la programadora será despedida y la agricultora no podrá competir con los precios de esa nueva empresa. El problema es que los avances científicos y las tecnologías están en manos de poderosos y no en manos del común.

Al menos por ahora, la ciencia y la tecnología no nos salvaran del trabajo asalariado, no mientras estén en manos de los poderosos. Pero condenarlas es un error que no cometieron ni si quiera los primigenios luditas. La ciencia y la tecnología puede poner en jaque a los mismos que hoy la usan a su favor y liberarnos de las cadenas.

La lucha contra el trabajo

Hoy, con una paupérrima reforma laboral recién aprobada, podemos asegurar que las modificaciones del marco laboral son tremendamente significativas. Conseguir migajas en derechos laborales se nos vende como toda una hazaña política. No me malinterpretéis, tal vez desde el punto de vista parlamentario sea todo un logro pero desde el punto de vista social, son eso: migajas. Los trabajadores arrastramos un desolador pasado, un triste presente y un más que incierto futuro.

Cualquier avance social pasa por cambiar las condiciones de trabajo e inexorablemente la abolición total del trabajo como destino a una sociedad postcapitalista. En los albores del punk un inspirado Evaristo Parámos dijo una vez “No disfrutamos en el paro ni disfrutamos trabajando, no, ¡no!”. Tal vez nadie ha podido explicar de forma tan clara, sencilla y casi poética el sentir de la gran mayoría de la clase obrera. Clase obrera que intenta quitarse el mal de ojo que un día la echaron Alekséi Stajánov y Henry Ford. A día de hoy bien podríamos asegurar que la única oposición política al mundo laboral-asalariado ha venido de las corrientes libertarias mientras que la izquierda parlamentaria, en el mejor de los casos, ha elaborado una constante y cuidadosa defensa del mismo. El anarquismo ya sea desde la visión reformista o desde la visión revolucionaria ha mantenido siempre sólido su discurso contra el trabajo. Acabar con el trabajo significa acabar con muchas cosas, es un pilar fundamental de los estados-nación y un pilar fundamental del capital. Pero sobretodo significa recuperar nuestra dignidad, hacer de nuestra sociedad una sociedad más justa y acabar con la alienación a la que somos sometidas.

Ahora más que nunca: ¡Recuperemos nuestras vidas!, ¡abajo el trabajo!.

2 Comentarios para “¡Abajo el trabajo!”

  1. Milagros Santamaria AJURIAGOICOA

    Estamos cogidos por los huevos, el rico cada vez más rico y el pobre mirando como llegamos a fin de mes, trabajamos gratis y encima damos gracias por tener un trabajo. La economía está sumergida, somos esclavos del ayer, del hoy y del mañana y lo peor de todo que hacemos como el avestruz metemos la cabeza bajo tierra y si alguien sobresale y protesta se la cortan. No luchamos por nuestros intereses, nos dejamos manipular. Nunca saldremos del pozo en el que estamos metidos.

  2. Corona Timazo

    Somos prostitutos del sistema… la mayoría vendemos nuestro tiempo, muestra salud y nuestra paz mental por un sueldo en un trabajo que aborrecemos.
    Pero el sistema esta montado así, para tenerte agarrado por los huevos y que no puedas salir de él. Es muy dificil escapar del esclavismo laboral, y más cuando se tiene a otras personas a tu cargo, aun cuando consumas lo mínimo posible.
    ¿Qué alternativas proponéis? Es muy bonito decir eso de «abajo el trabajo» y estoy totalmente de acuerdo, pero las cosas no son tan fáciles.

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