Publicado por DV & archivado en Anarquismo.

Tercera entrega del libro “Entre la plataforma y el partido. Las tendencias autoritarias y el anarquismo” de Patrick Rossineri, publicado en los números 45 a 49 del periódico anarquista “libertad” de Buenos Aires, Argentina.

Para leer la parte 1 pincha aquí y la parte dos aquí.

En este enlace tenéis el libro completo en pdf. También lo puedes encontrar en la Biblioteca anarquista “La Maldita”, situada en calle las escuelas 8a del pueblo de Gamonal.

  • Otras criticas a la plataforma
  • La polémica con Malatesta
  • La primera muerte de la Plataforma
  • Francia: un retorno turbulento

Otras réplicas a la plataforma.

El debate sobre el rol y naturaleza de la organización anarquista que propuso la Plataforma involucró a militantes ácratas de renombre, quienes asumieron en su amplia mayoría una posición de reprobación sobre el documento de Dielo Truda. Paralelamente a la Respuesta firmada por Volin, Fleshin, Sobol y otros exiliados rusos, también editaron sus críticas en diversas revistas y periódicos Sebastián Faure y Jean Grave, mientras que Max Nettlau publicó El proyecto de constitución de un partido anarquista, el 30 de mayo de 1927.

Los anarquistas italianos debatieron a fondo la Plataforma y redactaron varios artículos, en la gran mayoría impugnando sus presupuestos, como fue el caso de L. Galleani con su artículo El Principio de la organización a la luz del anarquismo, de E. Malatesta con un escrito en Le Reveil de Ginebra en octubre de 1927 e intervenciones del grupo Pensiero e Volontá, que integraban personalidades como Luiggi Fabbri, Ugo Fedeli y Camillo Berneri.

El artículo de Fabbri -originalmente publicado en italiano por Il Martello de New York en septiembre de 1927 y reproducido en Buenos Aires por La Protesta- se titulaba Acerca de un Proyecto de Organización Anarquista. Fabbri sostenía que la Plataforma era demasiado ideológica, poco práctica y realista, que además establecía puntos de vista axiomáticos sobre ciertas problemáticas sobre las que difícilmente se podría llegar a conseguir una unidad de criterios. Si bien la necesidad de una organización anarquista estaba completamente justificada, decía Fabbri, «no obstante, desde la introducción se advierte que el espíritu de la Plataforma, contiene efectivamente un exclusivismo excesivo, tendiente a dejar fuera del movimiento anarquista a todas las corrientes que no concuerdan con ella, no solo en cuestiones prácticas sino también ideológicas.» Excluir a otras variedades de pensamiento anarquista como el anarcosindicalismo a favor de «una unidad rigurosa de partido, una unidad ideológica y estratégica», sería un grave error, transformando una corriente interna en algo extraño y adverso.

También en referencia a la unidad y variedad dentro del movimiento anarquista, concluía Fabbri que la pretensión de constituir una Unión General de Anarquistas «que representase a la generalidad de los anarquistas, y excluyera de esa generalidad a aquellos que no pertenezcan a ella, en realidad siempre sería una organización particular y nunca general.» Esto equivaldría a confundir a una parte con el todo, a tomar a las razones particulares como la razón excluyente, no viendo ningún movimiento anarquista más allá de la propia organización.

Otro punto desafortunado de la Plataforma consistía en hacer de la lucha de clases la característica principal del anarquismo, «reduciendo a su mínima expresión su significación y objetivo humanitarios.» La lucha de clases es un hecho innegable pero que solo corresponde al método y a la acción revolucionaria del anarquismo, cuyo carácter fundamental consistente en afirmar la libertad social e individual negando toda autoridad impuesta y de todo gobierno. La socialización que proponen los anarquistas será «en beneficio de todos los hombres, de modo que unos dejen de ser los explotadores de otros».

Tampoco coincide Fabbri con la idea de que las masas posean una capacidad innata anárquica creadora. La condición de clase de las masas no es la que las convierte en revolucionarias, sino que lo son en la medida de su accionar anárquico. De todos modos, aclara, sobre este punto pueden existir diferencias de opinión entre los anarquistas, y sería perfectamente inútil dogmatizarlo en cualquier sentido. Se puede acordar que los anarquistas participan de la lucha de las clases explotadas para acabar con el capitalismo. «sobre eso estamos todos de acuerdo, sin distinción: sobre el resto podemos discutir, pero no haremos de esto el argumento de una verdadera y propia división de partido».

El punto de la Plataforma que Fabbri considera más desviacionista de la ideología anarquista es la pretensión dirigente de la organización anarquista específica sobre el movimiento obrero, la cual podría llevar a establecer una casta dirigente o -en el peor de los casos- una dictadura anarquista sobre el proletariado, una verdadera contradicción en los términos. Aunque los autores de la Plataforma pretendieran que la función dirigente se restringiría a una guía ideológica, esta situación evolucionaría en una conducción de hecho de una minoría anarquista -una especie de «estado mayor»- sobre las masas. «De otra manera no podría explicarse la diferencia que la Plataforma establece entre organizaciones de masas impregnadas de ideología anarquista y organización anarquista propiamente dicha. Una diferencia que en la práctica no podría ser precisada, ya que no se puede establecer el grado de anarquismo de la primera en comparación con la segunda, ni sancionar la legitimidad de la dirección o superioridad de la segunda sobre la primera.

«También Berneri publicaría un artículo crítico a la posición de Dielo Truda, en el periódico parisino Lotta Umana, en diciembre del mismo año. Su posición queda expresa desde el comienzo: «No estoy en absoluto de acuerdo con la Plataforma». Al igual que para Fabbri, las masas no son portadoras de una capacidad revolucionaria innata, «en la acción popular insurreccional veo más “efectos” anarquistas que “instintos” anárquicos; no creo que la función de los anarquistas en la revolución deba limitarse a “suprimir los obstáculos” que se oponen a la manifestación de las voluntades de las masas; veo graves peligros y no pocas dificultades en los egoísmos municipales y corporativos.»

A lo que apunta Berneri es a las complejidades de la vida social y a los particularismos regionales o culturales de naturaleza conservadora que se encuentran en todas las sociedades humanas, y cuyo comportamiento la Plataforma simplifica excesivamente universalizando un supuesto proceder de las masas.

«Si el movimiento anarquista no adquiere el coraje de considerarse aislado espiritualmente, no aprenderá a actuar como iniciador y propulsor. Si no alcanza la inteligencia política que nace de un racional y sereno pesimismo (que de hecho es el sentido de la realidad) y de un atento y claro examen de los problemas, no sabrá multiplicar sus fuerzas encontrando consensos y cooperaciones en las masas.

Es necesario salir del romanticismo. Ver a las masas, diría, en perspectiva. No existe el pueblo homogéneo, sino gentes diversas, categorías. No existe la voluntad revolucionaria de las masas, sino momentos revolucionarios, en los cuales las masas son enormes palancas.

Estar con el pueblo es fácil si se trata de gritar: !Viva! !Abajo! !Adelante! !Viva la Revolución!, o si se trata simplemente de luchar. Pero llega el momento en el que todos preguntan: ?Qué hacemos? Es necesario dar una respuesta. No para hacer de jefe, sino para que la gente no los cree.

“Táctica única” quiere decir uniforme y continua. La Plataforma ha llegado a la “táctica única” por la simplificación del problema de la acción anarquista en el seno de la revolución.»

La posición de Berneri está tan lejos de los tintes demagógicos que se evidencian en la idealización de las masas de la Plataforma, como del leninismo larvado que le atribuye en un ponzoñoso artículo el neo-plataformista José Antonio Gutiérrez, idea que en realidad es una proyección de su propio pensamiento. Tampoco es verosímil la versión sobre la supuesta pésima calidad de la traducción de la Plataforma, volcada por Volin del ruso al francés que dispusieron los camaradas italianos, para desautorizar la interpretación de Berneri, ya que Volin era un idóneo traductor. Además, es ridícula su imputación de «hacer una traducción tan tendenciosa como fuera posible», además de insultar la inteligencia de quienes pretende defender o justificar.

Hasta en Buenos Aires se sintieron las sacudidas del debate que lanzó Dielo Truda. En el suplemento quincenal de La Protesta se publicó de forma episódica el texto de la Plataforma (cuya autoría se atribuye directamente a Archinov). Mediante notas al pie sobre la narración, el grupo editor manifestaba sus desacuerdos sobre las tesis plataformistas. En el Suplemento 257 del 15 de febrero de 1927, se relativiza la supuesta situación caótica del movimiento anarquista internacional por no corresponder con la realidad de los hechos, se alerta sobre la exageración del «peligro individualista», se desmiente el fetichismo organizativo que se le atribuye a Bakunin, se impugna la afirmación de que el movimiento anarquista haya bregado siempre por una unidad táctica sino más bien todo lo contrario y se previene contra la «pretensión un tanto desmesurada» de la unidad táctica.»

¿Es que una «dirección» única, una línea general única sería más eficiente que la libre y espontánea conjugación de los esfuerzos diversos de los anarquistas? Creemos que no, y lejos de ello, nuestra opinión es que lo único que debe preocuparnos es el fomento de una mayor actividad, dejando a los individuos mismos plena autonomía.»

En la edición 260 se continuó con la publicación del texto de la Plataforma. Con respecto a la afirmación de que no existe una humanidad única sino que está dividida en dos sectores sociales, el proletariado y la burguesía, enfrascados en una lucha de clases desde el inicio de la historia humana, el grupo editor manifestó su posición.

«Este punto de vista puramente marxista, que tiene por substratum el determinismo económico, ha sido combatido siempre por nosotros (…) Es evidentemente arbitrario querer explicar la historia de esa manera, cuando la realidad no nos ha demostrado nunca esa división de clases. Al contrario, actualmente vemos que grandes masas obreras tienen o suponen tener más intereses con la burguesía que con el resto del proletariado. En el pasado, la separación de burgueses y proletarios ha existido en un grado mucho menor y hasta podría decirse que la parte revolucionaria de la humanidad se expresó más en la burguesía que en las filas de los asalariados. Recién después de la conquista del poder político por la burguesía, en 1789, comenzó el proceso de la distanciación entre burgueses y obreros. Hoy mismo ese proceso, deseable en grado extremo, ciertamente, no se ha terminado, no ha dividido a la humanidad en burgueses y proletarios. Y esa es la gran tragedia de las fuerzas de la revolución.

«También observaba el grupo La Protesta que el desarrollo lógico de los pensamientos contenidos en la Plataforma conducirían a una nueva dominación de clase. En el número siguiente, también se expresaban ciertas reticencias hacia la Plataforma, expresadas en la interrogación de si sus autores se proponían en verdad la transformación social o más bien la aniquilación de aquellos que no pertenecieran a la clase proletaria.

Una de las contestaciones más brillantes al grupo Dielo Truda fue la de la militante rusa Maria Isidine (seudónimo de Maria Goldsmitt-Korn). Previamente en 1926 había enviado por carta un cuestionario al grupo editorial -del que también formaba parte- con algunas de las inquietudes y dudas que generaba la lectura de la Plataforma, cuyas respuestas fueron incluidas como Suplemento aclaratorio. Ya en ese cuestionario de Maria Isidine se manifestaban los puntos más controvertidos del documento de Archinov: la primacía de las mayorías sobre las minorías; la naturaleza del vínculo federativo entre los integrantes, el cual podía ser moral/individual o coercitivo/organizativo; la intervención en el movimiento obrero de carácter entrista y dirigista; la naturaleza del Comité Ejecutivo; las restricciones a la libertad de expresión, la defensa de la revolución y otras cuestiones relativas a la reconstrucción social.

Entre marzo y abril de 1928 se publicó una concienzuda contestación a la Plataforma en el periódico francés Plus Loin, números 36 y 37. Allí planteaba la controversia que generaba la palabra partido en las entrañas del movimiento. Todo dependía del significado que se otorgase ya que «se puede aplicar simplemente a una comunidad de personas con ideas semejantes, de acuerdo entre sí sobre los objetivos a alcanzar y los medios a ser empleados, incluso sin estar delimitados por lazos formales o aunque no se conozcan entre sí. (…) En su anhelo de estrechar los lazos entre los militantes, los autores de la Plataforma proponen poner en marcha un modelo nuevo de partido anarquista a lo largo de las líneas contraídas por otros partidos, con toma de decisiones vinculantes por mayoría de votos, un comité central de dirección, etc.»

Para la autora el principio de preeminencia de las mayorías ocasionaría en vez de un fortalecimiento de la las organizaciones, su debilitamiento por luchas intestinas, desviando energías para intentar prevalecer en votaciones de congresos y comités, haciendo la convivencia incómoda para los integrantes de la minoría, incubando el germen de la escisión y el revanchismo.

También consideraba que el error fundamental de la Plataforma consistía en concentrarse en la estructura de la unión de grupos y la conformación de un centro directivo, a fin de salvar al movimiento anarquista, en lugar de enfocarse sobre los grupos en sí. «No es a la federación sino a los grupos que la integran a quienes debemos exigirles tales líneas de acción: el centro de gravedad del movimiento reside allí, y la federación será aquello que sean los grupos que la integran.» El principio de la responsabilidad moral debía primar sobre la responsabilidad colectiva de la organización, o disciplina partidaria, porque sus bases eran voluntarias, libres y por lo tanto, más fuertes. Para María Isidine, la responsabilidad colectiva solo tendría sentido como principio cuando dentro de un grupo se actuase por consenso y acuerdo de todos sus miembros sin excepción, nunca por obediencia orgánica al precepto sancionado por la mayoría.

La polémica con malatesta

En la misma línea que las críticas precedentes, las objeciones de Errico Malatesta proporcionaron un golpe muy duro a la postura de los plataformistas, tanto por lo categórico de sus argumentos como por el prestigio de su autor. Malatesta basó sus críticas en la traducción francesa de Volin y sus puntos de vista son coincidentes con los de Maria Isidine, que leyó la versión original rusa e integraba el grupo editorial de Dielo Truda; razón suficiente para desechar la afirmación de Alexandre Skirda sobre la supuesta traducción tendenciosa al francés obrada por Volin.

Malatesta creía que era necesaria la conformación de agrupaciones puramente anarquistas para superar las tendencias reformistas características al movimiento obrero, pero debían estar en armonía con los principios del anarquismo, tener una conformación basada en la libre cooperación de los individuos, fortalecedora de la conciencia revolucionaria y estimuladora de la iniciativa de sus miembros. Pero la Plataforma no cumplía estos requisitos, sostenía Malatesta.

«En mi opinión, en vez de crear entre los anarquistas un mayor deseo de organización, pareciera haber sido formulada para el designio expreso de reforzar el prejuicio en aquellos camaradas que creen que la organización significa la sumisión a lideres y pertenencia a una institución centralizada, autoritaria, que ahoga toda libre iniciativa. Y de hecho, expresa aquellas mismas intenciones que algunos persisten en atribuir a todos los anarquistas descritos como organizadores, contrariamente a la verdad evidente, y pese a nuestras protestas.»

También consideraba erróneo e impracticable intentar unir a todos los anarquistas en una única organización. En este punto su argumentación coincidía con la de María Isidine: «Nosotros los anarquistas, podemos decir que somos todos del mismo partido, si por la palabra partido entendemos todos aquellos que están del mismo lado, es decir, que comparten las mismas aspiraciones generales y que, de una u otra manera, luchan por el mismo objetivo en contra de los enemigos comunes. Pero esto no significa que sea posible -ni, quizás, siquiera deseable- unirnos todos juntos en una misma asociación específica.» Es indiscutible que Malatesta nunca apoyó la creación de un partido político anarquista ni un partido de cuadros, como algunos habladores insisten.

La «verdad» de la idea anarquista no puede ser, por consiguiente, monopolio de un comité ejecutivo, una organización determinada u obtenida por una mayoría de votos. Tampoco existen criterios incontestables para separar de antemano los elementos saludables de los perniciosos al movimiento.

Para Malatesta la forma organizativa planteada en la Plataforma no se conforma a los principios y métodos anarquistas. Y como los medios (autoritarios) no se adecuan a los fines (libertarios), la organización plataformista por ser típicamente autoritaria distorsiona el espíritu del anarquismo y conducirá a un resultado no anarquista. Malatesta impugna en especial la dirección político-ideológica por un comité ejecutivo, encargado de apuntar la táctica general de la Unión.»

¿Es esto anarquista? En mi opinión, esto es un gobierno y una iglesia. Es cierto que no hay policía ni bayonetas, como tampoco hay discípulos fieles listos a aceptar la ideología dictada, pero esto sólo significa que su gobierno sería impotente e imposible, y que su iglesia sería un criadero de divisiones y herejías. Su espíritu, su tendencia, sigue siendo autoritaria y sus efectos educativos serán siempre anti-anarquistas.»

Uno de los puntos de mayor diferencia de criterio fue la cuestión de la responsabilidad colectiva, que será tomado por Malatesta desde un enfoque diferente al de M. Isidine. Este principio de responsabilidad colectiva constituye el fundamento del espíritu disciplinado que la Plataforma requería de sus militantes, y había sido esbozado germinalmente por Makhno en 1925 en el artículo Sobre la disciplina revolucionaria. Según este principio toda la organización es responsable por aquello que cada miembro hace. La única forma de aplicar este principio es atenerse a una estricta disciplina y que todos los individuos y grupos integrantes se sometan a la voluntad general de la organización, determinada por la mayoría. ¿Cómo conjugar esta coerción con el principio de independencia de criterio y la libertad de crítica? Para obrar sin coerción organizativa sobre la minoría, se haría necesario que todos sus miembros tuvieran la misma opinión en todo momento, lo cual es irrealizable como la experiencia práctica lo demuestra. Además, el principio de mayorías podría significar, en el caso de que no fuesen solamente dos sino más las propuestas en disputa, la posición preponderante de la primera minoría (es decir, la mayor de las minorías). Sobre bases tan frágiles la «autodisciplina libremente aceptada» de Makhno carecería de sentido práctico. ¿Y sobre qué argumentos los anarquistas pueden negar el gobierno de las mayorías en las sociedades humanas, cuando lo aplican hacia el interior de sus propias organizaciones?

A Malatesta no se le escapan las motivaciones que impulsaron a los autores de la Plataforma a ensalzar ideas repelentes por naturaleza al anarquismo (tanto organizacionista como individualista): disciplina, principio de mayorías, responsabilidad colectiva, comités ejecutivos, dirección ideológica, unidad táctica, etc., privilegiando la eficacia y la efectividad.

«Estos compañeros están obsesionados por el éxito que los Bolcheviques han tenido en su propio país, y quisieran, a la manera de los Bolcheviques, unir a los anarquistas en una especie de ejército disciplinado, el cual, bajo la dirección ideológica y práctica de unos pocos lideres, marche compacta al asalto del presente régimen y, entonces, alcanzada la victoria material, presida la constitución de la nueva sociedad. Y quizás sea cierto que bajo este sistema, siempre que los anarquistas lo acepten, y que los lideres sean hombres de genio, nuestra eficiencia material sería enorme. ¿Pero con qué resultado? ¿No ocurriría con el anarquismo lo que ha ocurrido en Rusia con el socialismo y el comunismo?

«El escrito de Malatesta suscitó una crispada respuesta de Archinov en Dielo Truda, por mayo de 1928, Lo viejo y lo nuevo en el anarquismo. Allí defendió y ratificó las posiciones de la Plataforma, sin hacer nuevos aportes argumentativos. En cambio, quedó evidenciado que aquello que se les criticaba a los plataformistas no era producto de la confusión originada por la lectura de una versión malograda del texto original. Al igual que en su virulenta respuesta a Volin, no hizo Archinov ningún esfuerzo convincente por refutar las posiciones de su interlocutor, cayendo en descalificaciones y prejuicios que pronto se convertirán en clichés plataformistas: acusación de dogmatismo, de intelectualismo enajenado de las masas, de negligencia e irresponsabilidad. Archinov insiste en que la Plataforma es fruto de la experiencia concreta, para descalificar a las posiciones de sus contrincantes como «abstracciones dogmáticas». Pero torpemente olvida que ese mismo argumento podría ser esgrimido por sus detractores rusos como Volin, Fleshin, Maximov, Berkman, Goldman o Shapiro, copartícipes de la misma experiencia. Sin el más mínimo dejo de autocrítica -coincidiendo con los marxistas-leninistas- considera superado al anarquismo del pasado, y proclama jactancioso:

«El comunismo libertario no puede permanecer en los obstáculos del pasado, debe ir más allá, combatiendo y superando sus defectos. El aspecto original de la Plataforma y del grupo Dielo Truda, consiste precisamente en ser extraños a dogmas anacrónicos, a ideas prefabricadas, y que, por el contrario, se esfuerzan en llevar adelante su actividad partiendo de los hechos reales y presentes. Esta aproximación, constituye el primer intento de fusionar al anarquismo con la vida real y de crear una actividad anarquista sobre esta base. Es sólo así que el comunismo libertario puede liberarse de un dogma obsoleto y promover al movimiento vivo de las masas.

«Poco después, un entristecido Néstor Makhno le hacía llegar por carta a Malatesta una dolida respuesta. Luego de manifestar desacuerdo con su refutación de la Plataforma, Makhno le hace una pregunta referida a la actuación constructiva de los anarquistas en la sociedad, que es en sí misma toda una declaración: «¿Deberían los anarquistas asumir una función directiva, y consecuentemente responsable, o deberían limitarse a ser auxiliares irresponsables?». Responde Malatesta:

«Su pregunta me deja perplejo, porque carece de precisión. Es posible dirigir mediante el consejo y el ejemplo, dejando al pueblo -proveídos de las oportunidades y los medios para suplir por sí mismos sus necesidades- adoptar nuestros métodos y soluciones si estos son, o parecieran ser, mejores que aquellos sugeridos y ejecutados por otros. Pero es también posible dirigir tomando el mando, esto es, convirtiéndose en gobierno e imponiendo las ideas e intereses propios mediante métodos policiales. ¿De qué manera quisiera dirigir?

Somos anarquistas, porque creemos que el gobierno (cualquier gobierno) es un mal, y que no es posible ganar la libertad, solidaridad y justicia si no es con libertad. No podemos, entonces, aspirar al gobierno y debemos hacer todo cuanto sea posible para evitar que otros -clases, partidos o individualidades- tomen el poder, convirtiéndose en gobiernos. (…)

Pero cuando veo que en la Unión que ustedes apoyan, hay un Comité Ejecutivo que da dirección ideológica y organizativa a la asociación, me asalta la duda de que ustedes también quisieran ver, en el movimiento general, un cuerpo central que dictaría, de manera autoritaria, el programa teórico y práctico de la revolución. De ser esto así, somos polos opuestos. Su organización, o sus órganos administrativos, podrían estar compuestos por anarquistas, pero no serían otra cosa sino un gobierno.»

Finalmente, la última intervención de Malatesta en el debate sobre la Plataforma fue el breve artículo A propósito de la «Responsabilidad Colectiva», y fue publicada en Studi Sociali, el 10 de julio de 1930, cuando ya la tormenta había escampado.

La primera muerte de la plataforma

El interés por la Plataforma fue disminuyendo progresivamente a causa de las fuertes críticas que suscitó, y porque casi no logró ninguna adhesión significativa fuera del círculo de exiliados rusos. Los padecimientos del exilio, las enemistades personales, la miseria que debían soportar junto a sus familias desintegraron al movimiento anarquista ruso en el exilio. Mientras algunos como Volin o Makhno permanecieron en Francia resistiendo hambre y achaques, otros como Gorelik y Maximov optaron por emigrar de Francia, tomando como destino tierras americanas luego de peregrinar por Europa. Finalmente, un pequeño grupo decidió retornar a Rusia, entre los que se encontraba Archinov, a quien aguardaba un desenlace orwelliano.

Aún más que la decepción que le causó el rechazo de la Plataforma por el conjunto del movimiento anarquista internacional, a Archinov le desesperaba la depresión nostálgica fruto del exilio en que había caído su amada compañera. Habiendo sido expulsado de Francia, estableció contacto con el líder comunista Ordzhonidze -un ex compañero de detención- que le prometió ayudarlo a volver si se retractaba de todas sus críticas al bolchevismo y rompía definitivamente con el anarquismo. Hasta el propio Volin le pidió que no retornase a Rusia, porque nunca le perdonarían su pasado anarquista. El publicó en París dos panfletos contra el anarquismo: El Anarquismo y la dictadura del proletariado (1931) y El anarquismo en nuestros tiempos (1933); posteriormente publicó en el periódico comunista Izvestia el 30 de junio de 1935 El Fiasco del Anarquismo. Una vez en Rusia, trabajó como corrector de pruebas en Moscú por un tiempo, hasta que durante las purgas estalinistas de 1937 fue encarcelado bajo la acusación de anarquista y fusilado poco después.

Camillo Berneri y Max Nettlau lo criticaron ferozmente mientras que Alexander Berkman lo trató de traidor y cobarde. Makhno rompió públicamente con Archinov y le tachó de vanaglorioso y ambicioso de poder. Prácticamente rompió con la posición de la Plataforma cuando expresó que Archinov «comenzó a verse a sí mismo como líder del anarquismo, para lo cual buscó y encontró los fundamentos teóricos. Era un paso fácil de dar, un paso hacia el bolchevismo.»

La traición de Archinov y su orientación filo-bolchevique, arrastró consigo a la Plataforma Organizacional en su desprestigio. Pero luego de algunas décadas de olvido resurgiría a partir de la década del cincuenta en Francia e Italia, y en los sesenta y setenta en las islas británicas, cuando el movimiento anarquista internacional estaba en franco retroceso.

Francia: un retorno turbulento

Si bien la propuesta del grupo Dielo Truda fue prácticamente rechazada de plano por la totalidad del movimiento anarquista internacional, en Francia su semilla logró brotar con fuerza. La Union Anarchiste había sido fundada en 1919 y editaba diariamente Le Libertaire. En 1926 cambió su denominación por Union Anarchiste Communiste (UAC) y en 1927 la influencia del grupo de exiliados rusos en el congreso de Orleáns condujo a la adopción programática de la Plataforma, ensanchándose las diferencias con la tendencia sintetista de Volin, quienes finalmente se escindieron conformando la Association des Fédéralistes Anarchistes (AFA). Para esta época María Goldsmitt-Korn (Isidine) escribe su artículo crítico al plataformismo, Organización y Partido, a propósito del congreso de Orleáns. En 1930 algunos militantes de la UAC se acercan a posiciones sintetistas y se hacen empeños por la unión del movimiento lo cual se logra finalmente reintegrándose en la AFA en 1934, frente a la amenaza del ascendente fascismo. La nueva organización retoma el nombre de la UA, pero poco después se provoca una fracción que se denominará Fédération Anarchiste de langue Française (FAF) -que editarán Terre libre con colaboración de Volin y Prudhommeaux-, con una posición crítica a la cooperación de la UA con el Frente Popular y la participación de la CNT española en el gobierno republicano. El movimiento pasaría a la clandestinidad durante la Segunda Guerra Mundial.

Finalizada la ocupación alemana los anarquistas franceses se reorganizan en la Federación Anarquista (FA) -de corte sintetista y composición heterogénea- a fines de 1945; Georges Fontenis fue elegido su primer secretario general. Este siniestro personaje creará alrededor de 1950 una fracción secreta denominada Organisation Pensée Bataille (OPB), de tendencia plataformista, desarrollando una práctica autoritaria y jesuítica con el objeto de excluir a las otras tendencias de la FA y desarrollar finalmente una estructura centralizada y homogénea, que se denominará. Fédération Communiste Libertaire (FCL) a partir del congreso de París de 1953. Para esos años Fontenis publicó su Manifiesto Comunista Libertario -una versión actualizada de la Plataforma de Archinov- que resumiría el programa de la FCL. Como era de esperar, el Manifiesto celebraba las consabidas consignas: unidad táctica, unidad teórica, principio de mayorías, responsabilidad colectiva, disciplina partidaria, vanguardismo proletario y lucha de clases. La similitud de este documento con la Plataforma de Archinov es tan grande que casi podría considerarse un plagio.

La actuación de la OPB en el seno de la FCL fue catastrófica según la descripción que hicieron de ella quienes tuvieron que padecerla: «ellos intentan el imposible maridaje entre el marxismo y el anarquismo, están obnubilados por el orden y la disciplina, exigen la eficacia revolucionaria a toda costa, aunque sea renegando de nuestros principios»… «actuando en el oscurantismo, impone a sus miembros un silencio absoluto sobre su naturaleza y sus objetivos (sus estatutos llegan a prever la eliminación física de sus agentes si faltan a la disciplina de hierro que pone en peligro su organización). ¿La finalidad? Miembros de la Federación Anarquista, los agentes de la OPB tienen por consigna controlar la estructura para mejor poder hacer el cambio marxista libertario» (publicado en Tierra y Libertad, Nº 196, noviembre de 2004). La publicación del Memorándum del grupo Kronstadt, salido del propio FCL, denunció la orientación bolchevique de la FCL y la existencia de su organismo secreto OPB.

En 1956 la FCL presentó diez candidatos en las elecciones legislativas de enero, entre los cuales figuraba André Marty -expulsado del Partido Comunista y apodado «el carnicero de Albacete» por masacrar anarquistas durante la Revolución Española- para atraer los votos de los comunistas disidentes; los resultados fueron irrisorios. La represión gubernamental intensificada por su apoyo crítico a la lucha anticolonialista de Argelia, su fracasada aventura electoralista y la indiferencia general del resto de los anarquistas llevaron a la desaparición de la FCL en 1958.

Paralelamente, hacia 1953 los anarquistas que habían sido excluidos de la FCL reconstituyeron la FA de orientación sintetista y plural, editando Le Monde Libertaire. Durante los años sesenta, los intentos plataformistas por cambiar la orientación de la Federación tendrán una nueva expresión en la Unión de Grupos Anarquistas Comunistas, reproduciendo las tácticas conspirativas de Fontenis y sus secuaces, aunque sin obtener resultados. En 1966 la UGAC difunde una Carta al movimiento anarquista internacional, donde afirma que el anarquismo no puede asumir el liderazgo del movimiento revolucionario mundial y debe resignarse a actuar como integrante de un movimiento más extenso, propiciando una política frentista de alianzas con maoístas y trotskistas.

En 1927 con la UAC (en vida de Makhno y Archinov) y en 1953 con la FCL, fueron las únicas oportunidades históricas que dispusieron los plataformistas de liderar una organización sólida de gran tamaño. Ni el sintetismo de Volin ni el plataformismo de Archinov resultaron viables o eficaces para conformar un movimiento sobre bases comunes.