La tradición, lejos de ser como una de esas figurillas de porcelana pasadas de moda: inmóvil, indolente, apática; tiene, como atributo propio, el ser capaz de entender el momento en el que se desenvuelve.
Porque más que un soliloquio perdido en la noche de los tiempos, es un diálogo entre generaciones, una llave que se entregan unas a otras con la que comprender formas de vida en común que no se pueden explicar de otra manera.

















