Emilio Botín, uno de los hombres más ricos y poderosos de España, ha fallecido hoy de un ataque al corazón a la edad de 79 años. La repentina muerte del banquero se llora con amargura desde las más las esferas de la política nacional donde se dan cita plañideras y estómagos agradecidos. No voy a decir que me alegre de su muerte ni brindaré con champagne, pero a decir verdad me entristece mucho más la muerte silenciosa de aquellos otros que pierden su vida en el puesto de trabajo o se dejan el pellejo tratando alcanzar la frontera de un lugar que alguien les ha descrito como lo tierra prometida y la realidad se obstina en desvelar que no es tal.

Botín, el “mejor embajador de la marca España” nos ha dejado de forma súbita, casi sin darnos cuenta, pero irremediablemente para siempre. Al fin y al cabo, si hay algo que iguala a oligarcas y menesterosos, a los grandes prohombres del sistema financiero y a los curritos de a pie, esa es sin duda la muerte; quizá el único mecanismo verdaderamente democrático e igualitario de nuestros tiempos.







Sobre Jesús Martínez Maluenda, Antonio Téllez en su libro sobre Sabaté escribe esto: “Llegó el día “D”. Facerías, Jesús Martínez Maluenda (que era maño) y Josep, valenciá, se apoderaron de un taxi. Lo aparcaron ante un taller pequeño de bicicletas que si no recordamos mal se llamaba Poblet. La espera va a ser interminable. Ese día, excepcionalmente, Quintela (Comisario de la BPS) no pasó por allí a la hora prevista. Dos días después hicieron otro intento. Alquilaron una camioneta con chofer en el paseo de Sant Joan. Mientras se llevaba a cabo la operación el chofer y dos compañeros se fueron a dar una vuelta. Cuando Facerías, Francesc Ballester y Jesús Martínez Maluenda fueron a una gasolinera para llenar el depósito del vehículo van a comprobar que todos los surtidores estaban cerrados. Esto pasaba de vez en cuando como consecuencia de la escasez de gasolina que había en España. Otra oportunidad que se fue al traste”. 


La lista, de los compañeros fallecidos con los que compartí las vicisitudes de la lucha contra el franquismo, en los años sesenta, continúa alargándose. El tiempo – lo sabemos – es inexorable. No obstante, no es fácil resignarse a ello, pese a que no nos queda otra alternativa. Salvo la de recordar los tiempos de esa lucha y de valorar lo que fue aquella entrega para todos nosotros. No sólo porque era la expresión de una afinidad ideológica sino también de la voluntad de manifestar nuestra solidaridad con cuantos luchaban contra la dictadura franquista. Particularmente con los que lo hacían en España para que el pueblo español pudiera recuperar la libertad y que por ello eran objeto de una represión brutal desde la victoria franquista en 1939. Un texto de